Largos y cálidos veranos
Volver a Madrid después de aquellas navidades de 1971, supuso otra vez la despedida de mis amigos, mi familia que estaba en Alburquerque y el retorno otra vez al colegio para continuar el curso. A la vuelta me encontré en circunstancias “difíciles” con otros niños que a la postre iban a ser mis grandes amigos de Madrid. Habían llegado al colegio por primera vez, pasadas las vacaciones y su forma de acercamiento no fue otra que la de meterse conmigo por aquello de que yo, aunque de su misma edad, era bastante más grande que ellos, vamos que estaba bien alimentado. El ritual se repetía por la noche al salir del comedor me esperaban a la puerta y otra vez a correr detrás de ellos con unas enormes ganas de engancharles y casi cuando los tenía al alcance, de repente se dirigían al interior de la capilla del colegio y claro, como este era un lugar sagrado, allí no podía hacerles nada, así que yo a esperar pacientemente a la puerta de la misma hasta que al final se me iba bajando el enfado y por aburrimiento levantaba el “asedio”. ¿Quién lo iba a decir?, mis amigos estaban siendo precursores de los muchos encierros en las iglesias que posteriormente se pondrían de moda en aquellos convulsos años del final del franquismo y comienzos de la transición. Con el tiempo como ya digo, aquellos “encerrados” se iban a convertir en mis mejores amigos. Torres, Cuchi, Campanario y el “Wafri” serían mis inseparables compañeros de clase, de comedor, de dormitorios y en definitiva de una gran parte de mi vida y que curiosamente nunca sus vidas se cruzaron con la de mis inseparables amigos del pueblo. Fueron siempre dos mundos que se iban alternando cada año según tocaba, curso escolar o vacaciones.
Tendrían que pasar otros tres meses para que llegaran las vacaciones de Semana Santa que eran fugaces y otros tres para que llegara el verano y entonces volver a Alburquerque para una gran temporada en la que daría tiempo a toda clase de aventuras acompañados siempre del King que formaba parte ya del grupo. Aquellos días de verano comenzaban como siempre en el corral con algún nuevo invento de José Antonio, alguna que otra escaramuza de pistoleros en las que emulábamos a “El virginiano”, “Trampas” o “Bonanza” con nuestras armas que ahora que lo pienso, no tenían mucho que ver unas con otras pero que en nuestra imaginación, estaban todas integradas en la misma película. Jose tenía un rifle con mira telescópica que podía ser de cazador africano, Rafalino tenía una metralleta con dos cañones que se movían hacia delante y hacia atrás dándole a una manivela que tenía en un costado, otro podía tener un rifle que era un palo de una escoba y luego estaba el perro que era una réplica de “Rintintin” pero en rubio claro, porque el famoso perro televisivo de aquella época era un pastor alemán. Pero con todo eso nosotros éramos los pistoleros más famosos del corral y la azotea que era la parte superior y estuvo mucho tiempo medio derruida hasta que Andrés reformó la posá, era el sitio fuerte del mismo. La fotografía que inserto en este apartado, lo dice todo, “el bueno, el feo y el malo”, la chica de la peli y el perro fiel y guardián.
Con el calor del verano empezaba a rondar por nuestras mentes la idea de ir a darnos un baño en la rivera de Carrión. No había piscina entonces en el pueblo y el único sitio en el que poder refrescarnos era el río que estaba a unos siete kilómetros de distancia. Además lo habíamos conocido como todos antes conocíamos el río, durante nuestra estancia en la romería de la Virgen de Carrión. Ese día que cae en 7 de septiembre, año tras año se repetiría un ritual que iba a durar hasta ya entrada la adolescencia en que los chicos ya no queríamos ir a los sitios con los mayores. Recuerdo que al caer la tarde, un gran bullicio de gente se congregaba en el andén para tomar los autobuses que ese día ponía de servicio la empresa “Aníbal” para llevar a la mayoría de la gente a la ermita. No había tantos vehículos particulares entonces y una gran parte de la población que ese día se desplazaba en masa hasta la ermita, lo hacía en los numerosos servicios que esta empresa realizaba tanto a la ida como a la vuelta. Ese día cuando llegábamos al lugar santo, lo primero que hacíamos era visitar a la Virgen y después nos dispersábamos por los alrededores puesto que las vaquillas ya habían pasado y el recinto de la ermita se encontraba lleno a rebosar. Hay algo que perdura en mi memoria y es el famoso “tuc” “tuc” “tuc” del motor que proporcionaba luz a la ermita que estuvo en servicio hasta que se puso la luz eléctrica en ermita. Uno de los principales atractivos era ir al río y con los pantalones remangados los más mayores y con pantalones cortos los más pequeños, meter los pies en el agua. Era como una especie de ritual que siempre se repetía eso sí, con la atenta vigilancia de nuestros mayores, porque el río entrañaba un extraño peligro que nos atemorizaba desde pequeños. Existían en ese lugar sitios tan tenebrosos como “el charco de la virgen”, “el charco de la zorra” y otros más que según nos contaban, estaban poblados de pizarras que te aprisionaban los pies, remolinos que te podían engullir y todo tipo de posibilidades de ahogamiento posibles, lo cual nos hacía mirar al río con una mezcla de miedo y desconfianza. Siempre se nos mentaba que en él, habían dejado sus vidas, Emilio el hijo del que luego fue nuestro vecino Lorenzo Pereira, Fausti, el hijo de la señá Antonia la de la tienda y otros más que no nos eran tan cercanos por vecindad.
Pero con el paso del tiempo, ese miedo se tornaba también en una especie de atractivo que te provoca lo prohibido, lo incorrecto, lo peligroso y en definitiva el gusano ese interior que llevan los seres humanos que hacen que se afronten retos que uno mismo sabe que le va la vida en ello. Por lo que la idea de Carrión, ese río lejano y provocador, rondaba nuestras mentes cada vez con más insistencia. Por aquellos tiempos, los padres de “la japaca” y Juanitín, ya estaban viviendo en el campo, dado que Juan trabajaba ya en ese tiempo para Cabanillas que era el dueño de la finca. Muchas tardes mientras jugábamos en el corral, se oía venir la vespa de Juan por la calle Carrión y entraba directamente en el corral por la puerta falsa que casi siempre se encontraba abierta. A veces traía a Juanitín de pie sobre la plataforma de la vespa que era muy corriente por aquel tiempo en el que si alguien llevaba a un niño a dar una vuelta en vespa, lo hiciera de pie delante del conductor de la motocicleta y de pie agarrado al manillar. Alguna vez venía con una furgoneta “Alfa-Romeo” que también tuvo y nos llevaba a todos a bañarnos al río, concretamente a “la junta” que era la parte del río que quedaba más cerca de la casa de Juan y Rafaela en el campo. Era toda una aventura bañarnos en aquel “peligroso río” con nuestros flotadores hechos con cámaras de coche o de tractor que eran las mejores y en la que nos montábamos todos en tropel hasta casi hundirla y por supuesto a la vez que nos bañábamos todos, lo hacían también los perros tanto el “King” como los que tenía la familia de “Japaca” en el campo.
Tardaría aún unos años el poder frecuentar el río con asiduidad y la normalidad con la que posteriormente haríamos uso de él durante los veranos, al ser el sitio donde antes nos bañábamos los alburquerqueños pues la piscina tardaría años en llegar y Carrión al caer la tarde era todo un hervidero de gente procedente del pueblo y de otros lugares, así como de los ya residentes en los numerosos chales que proliferaron en el lugar.
Aquellos veranos en Alburquerque eran largos y cálidos como los de una famosa película, tanto así que cuando uno se hace mayor y empieza con estas cosas del trabajo y las obligaciones, es cuando los echa de menos y para entonces, ya no hay remedio, la rueda gira sin parar. Estas pequeñas historias, son algunas de tantas y tantas que ocurrían a lo largo de aquellos veranos y en otro momento os seguiré contando…











