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Archivar como 28 enero 2011


La vida al fin es siempre una sucesión de confrontaciones. El bien contra el mal, lo positivo contra lo negativo, la alegría contra la tristeza, el ánimo o el desánimo… casi siempre estas situaciones solemos explicarlas con aquello de que “no hay felicidad completa…” Pues en los cuentos al igual que la vida misma, siempre hay quien gana y quien pierde… Siempre nos quedamos en que gana el bueno, pero… ¿nos hemos puesto alguna vez en la piel del malo?

El bueno al llegar al pueblo, ha descabalgado y mientras ataba su caballo a los troncos que hay dispuestos para tal en toda puerta de “Saloón” de poblado que se tercie, mira a un lado y a otro de la polvorienta calle y se dispone a entrar decidido en el bar. No es que intuya sino que sabe que dentro de aquel antro se encuentra el malo. Seguramente estará al final de la barra con un vaso que el “Barman” siempre se encarga de mantener lleno o tal vez no, tal vez se encuentre jugando una partida de poker en la última mesa del local rodeado de otros cuyos rostros denotan tanta o peor maldad que el suyo. Nada más traspasar la puerta de doble bisagra que franquea todo “Saloón” que se tercie… sus miradas se van a enfrentar con una invisible linea directa que automáticamente hará que todos los allí presente se aparten dejando un limpio callejón entre los dos y en la mente de más de uno de los que allí se encuentran se podría leer una expresión tal como: ¡Aquí va a haber tiros! o cuando menos !Aquí va a haber ostias! que si es al principio de la peli acabará con todo el mobiliario del bar destrozado ya que allí se repartirán galletas unos contra otros sin saber por que van con el malo o con el bueno…

En estas sesiones de cuentos va a haber… buenos contra malos, cuentos alegres contra cuentos tristes. Situaciones surrealistas que acabarán mostrando como cuando tratamos de evitar que las costumbres de otros se impongan a las nuestras, acabaremos comportándonos como ellos y de esta forma “convertidos”  a su forma de hacer. Va a haber un malo que por fin gane al bueno ¡que ya está bien joé!, que los malos también tienen su corazoncito, aunque sea tirando a negruzco, pero también tienen derecho a ganar al final de su cuento.  Va a haber también intriga y cotilleo, porque esto forma parte de nuestras vidas y alguno de estos personajes tiene que contar sus intimidades en el diván del Dr. Graboski, psicoanalista argentino de raíces centro europeas cuya familia emigró allá a La Argentina a finales del XIX y regresó en el último tercio del XX. Va a haber música para todos, para los felices, para los tristes, para los clásicos, para los modernos y sobre todo para el malo que se convierte en “Heavy” para ganar su cuento al ritmo de los Judas…

En la agogedora gruta de “La Escalera de Jacob” te presentaré esta propuesta bajo el título: ¡Aquí va a haber… mucho cuento!. Porque realmente te vas a encontrar cuentos de todo tipo y en los que se darán muchas de las situaciones que no todas que se pueden dar en la vida. Un repertorio variado con una linea ascendente que bien podríamos definir como: “Camino hacia la alegría por mis cuentos tristes”. Presentados de una forma diferente a lo que podría ser una sesión clásica dado que los medios de una sala te permiten adornar en cierta forma las transiciones con un fondo musical adaptado a cada situación.

Jueves 3 de Febrero a las 20’00 horas.

Jueves 10 de Febrero a las 20’00 horas.

Sala “La Escalera de Jacob”, calle Lavapiés nº 11 de Madrid. <M> Tirso de Molina.

Reservas: http://www.atrapalo.com/entradas/escalera-de-cuento_e35712/

 

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Como veis soy un gato. Un gato al fin y al cabo, de campo aunque vivo ocasionalmente en un núcleo de viviendas ocupadas por humanos en el medio rural. Como buen gato, soy libre e independiente, ocasionando para mis vecinos humanos la mínimas molestias posibles. Yo tan solo visito de vez en cuando el plato pequeño que me tienen puesto en un rincón del corral y esto cuando ellos se han acordado de mi y han depositado en el mismo el resto de alguna de sus comidas. Yo como en silencio y eso sí, sin que nadie me moleste que me pongo de muy malas pulgas, que por cierto agradecería de vez en cuando me quitaran algunas y las machacaran con sus uñas. Luego duermo un rato que en ocasiones suele ser prolongado, no en vano dicen que los gatos dormimos dieciséis horas… ¡Exagerados!. Además siempre tenemos que buscar lugares recónditos donde dormir, porque a los humanos, sobre todo a estos que habitan en un medio rural como este, le molesta bastante que durmamos sobre sus camas o sillones, por lo que los gatos camperos como yo, aprovechamos cualquier sitio para echar una cabezadita.

¡Cómo echo de menos a veces, no ser un gato urbano!, pero de los que tienen casa, que para estar buscando entre cubos de basura de la ciudad, prefiero cazar en el campo. Pero un gato urbano con casa es diferente. Suelen estar bien cuidaditos, comen grandes manjares de esos que salen por la tele y les ponen nombres finos como: Muffi, Silver, Tania, Ámbar, Wido, etc. etc. En mis dominios sin embargo no tenemos nombre, simplemente nos dicen: “gaatooo”, o nos ponen otros no tan finos como: Eulogio, Frasco, Juncio etc. etc. Por supuesto a veces la única palabra que escuchamos de un humano, es una que nos provoca auténtico pavor: “Saaapeeee”, palabra esta que a veces suele venir acompañada de un palo, una piedra o una bota vieja que nos lanzan como si de un misil “Tierra-Aíre” se tratara…

Los gatos rurales tenemos la ventaja de callejear o campear libremente, no solemos llevar collares ni chorradas de esas y salimos y entramos a nuestro libre albedrío. Últimamente en esto hemos perdido un poco con las nuevas casas de los humanos en los pueblos. No se por qué, pero ya no hacen puertas con “gateras”. Si, con esos agujeros que solían tener las grandonas y viejas puertas de las casas de los pueblos en la parte inferior de las mismas. Será que a lo peor ya no somos tan imprescindibles para los humanos de los pueblos porque cada vez hay menos ratones… ¡Esos seres despreciables de orejas grandes y dientes desproporcionados! Cada vez más cemento en las calles dificulta para ellos la horadación de sus ratoneras… Han emigrado a campos cercanos y ya no incomodan tanto a los humanos.

Cómo  podéis observar, aquí estoy convaleciente y lamiendo mis heridas al sol, después de haber tenido unas noches de correrías por esos campos de Dios. Porque si no lo sabéis, enero es el mes de los gatos. Es cuando nuestras féminas, esas gatitas musas y suaves que nos… ¡Bueno que me pierdo!, se ponen en celo y nosotros andamos a buscarnos la vida para hacer perdurar nuestra especie. ¡Qué vida esta! Siempre jugándonos la vida por esos andurriales haciendo frente a mil y un peligros que en forma de otros gatos más pendencieros que yo, perros que no nos dejan vivir, que esos merecen comentario aparte, por pelotas y rastreros de los humanos… ¡si yo hablara!… En fin que no quiero extenderme más sobre ellos pues no son más que meros “comparsillas” en medio de nuestro mundo rural gatuno.

A veces echo de menos que alguien me acaricie el lomo. Alguien que me dejara sentarme en sus piernas mientras se calienta al brasero. Porque eso si, los gatos somos un poco frioleros y siempre nos gusta arrimarnos para “compartir” su calor… pero en este nuestro mundo rural, eso es muy difícil… Aquí estoy yo solo con mis heridas calentándome al sol. Seguro que si hubiera sido gato de ciudad de esos de los que tienen casa, mi dueña me habría llevado al veterinario, el médico ese de los animales y me habrían curado con mimo y atención. Pero no, porque yo soy un gato campero y se me tienen que curar las heridas solas, aunque tenga una oreja medio desprendida, un ojo cerrado por un arañazo propiciado por un ser infame y rastrero y la boca medio partida. Aquí estoy, puesto al sol del suave invierno del oeste extremeño-portugués. Viendo pasar el tiempo y a algún que otro humano con pinta de tonto que me apunta con un extraño objeto que ellos llaman cámara de fotos, ¡que mira tú, la manía que tiene estos de apuntarse unos a otros con ese extraño objeto! En fin que resultado de esto uno pasará a formar parte de su inventario particular de cosas y objetos de los humanos. En fin, que voy a seguir durmiendo un rato a ver si hago las famosas dieciséis horas que dicen que dormimos los gatos…

*Eulogio es un gato medio portugués medio español que vive a camino entre El Marco portugués y El Marco español. Ve pasar el tiempo desde su atalaya a lado del camino que conduce al puente sobre el regato “Abrilongo”.

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Los juegos del corral y otras cosillas…

El los años 60, los juegos de los niños eran simples y divertidos, de cualquier situación sacábamos un motivo para jugar, y un trozo de madera o una piedra con alguna forma parecida, podía ser un coche que andaba por caminos hechos en la tierra por nosotros mismos con nuestras manos o por simples juntas entre las lanchas de piedra del suelo que estaban unidas por cintas de cemento. Poco tardaban nuestras madres en tener que remendar las rodillas de los pantalones con parches de tela hasta que aparecieron las famosas rodilleras.

Recuerdo que por aquellos tiempos el suelo del Reducto era de tierra y en invierno, cuando llovía se formaban innumerables charcos, que una vez pasada la lluvia servían también para jugar con ellos construyendo pozas con la tierra de alrededor. Hacíamos una sucesión de pantanos de uno a otro charco hasta que al final dejábamos escapar el agua (esto sin duda, debía ser la influencia que el NO-DO anterior a las películas o en los noticiarios de la época, casi todos los días informaba de la inauguración de algún pantano por la figura omnipresente de Franco).

Por aquel entonces, el jardin que hoy se encuentran delante de lo que fue en su día la “Pensión Internacional”, era una rampa de tierra.  Justo ahí es donde la mayoría de los niños de aquella zona, aprendimos a montar en bicicleta lanzándonos desde lo alto en dirección a las laderas. El reto era, ver quien llegaba más lejos sin poner los pies en el suelo, marcando una serie de puntos de avance o referencia como era llegar a la puerta de “Chispa” el primero, luego “Transportes Abajo” y como colofón… “Las Laderas”.

Había pocos coches entonces en el pueblo, por lo que el Reducto era un lugar más donde jugar sin peligro y siempre estaba poblado de niños. En lo que hoy es el edificio de “Muebles Regino”, se encontraba  una casa a medio construir que era de Don Daniel el médico. La parte de abajo era utilizada para guardar un coche por alguien que ahora no consigo recordar y la parte superior tan solo tenía unas vigas al aíre a las que se accedía por una ventana que existía en la parte del Reducto. Por allí se adentraban los muchachos más mayores hasta el final del edificio y furtivamente fumaban sus cigarrillos de  forma semiclandestina. A mi siempre me dio miedo caminar sobra aquellas vigas al aíre. Quizás por aquel entonces habían hecho mella en mi, unas palabras de Don Daniel a las que me referiré al final del cápitulo.

Mientras tanto, en el corral de la Posá del navajero nuestro pequeño mundo infantil siempre tenía alguna novedad o trastada en forma de juegos. Una de estas fue la que ocurrió en la azotea  mencioné en el anterior cápitulo y donde una de tantas veces de las que jugábamos a los indios, decidimos atar a Rafi a un poste como habíamos visto en alguna película. Para dar más realismo a la representación de la escena, a alguno de nosotros se le ocurrió embadurnar con pintura roja la cabeza de Rafi. Había por entonces  costumbre de pintar la parte de abajo de las tinajas de rojo y los padres de “Japaca” estaban preparando esta tinaja para marcharse al campo. La cabeza de Rafi presentaba un aspecto “terrorífico” y sus rizos quedaron pegados a la cara por el efecto de la pintura llorando llorando a moco tendido en una mezcla de pena y rabia. Inmediatamente le soltamos y se fue llorando al salón donde se encontraban las personas mayores que en ese momento había en la casa. A su madre por poco le da algo, porque la primera impresión que se llevó la mujer, era que aquello que manaba por la cabeza de su hijo, sin duda era sangre…  Por supuesto todos los demás desaparecimos del  corral  al instante.

Otro de las muchos objetos que había en el corral de la Posá, era un Renault “Gordini” que había pertenecido a Andrés “el carpintero” y que seguramente al finalizar su vida útil como vehículo, éste lo había dejado definitivamente en el corral. En ese coche pasábamos horas y horas montados dentro del mismo y “viajando” a multitud de lugares tan lejanos en nuestro imaginario, como San Vicente de Alcántara, La Codosera y otros lugares que para los niños de entonces eran lejanos. También había un “Biscuter” que había sido de Juan el padre de “Juanitín” y “Japaca”, que nos servía atracción como si de un parque de viejos cacharros se tratara. Durante algún tiempo estuvieron acompañados de los restos del “Simca 1000” de Isidoro (mortero), hermano de Pepita y cuñado de Andrés, que por aquel tiempo, tuvo un accidente en la carretera de San Vicente. Este hecho sucedió en una curva que hasta su supresión por el actual trazado de la carretera, para nosotros siempre pasó a denominarse, “la curva de Isidoro”. Es curioso pero las carreteras muchas veces llegan a tener zonas denominadas de una u otra forma por hechos que han ocurrido en las mismas, y es que en aquella época ni había tantos coches ni accidentes como hay hoy en día.

Por las escaleras de la Sacristía de la iglesia de San Mateo que dan a la plazuela del mismo nombre, se podía acceder a lo que era conocido como “El cuarto segundo”. Este era un local que había en la iglesia y que era destinado a actividades para los niños y jóvenes, con varios juegos de mesa para uso y disfrute de cualquiera que accediera al mismo. De este lugar los recuerdos son menos, ya que su periódo de principal actividad coincidió con nuestra edad más infantil y el citado “Cuarto Segundo” estaba enfocado a una edad más juvenil.

Una de las travesuras que con más nitidez recuerdo de entonces, fue cuando después de toda una tarde recogiendo cucarachas negras alrededor de la iglesia y guardarlas en una caja de zapatos, esperamos a que la señá  Antonia cerrara  su tienda. Después de estar un rato sentada en el pollo conocido por su mismo nombre, se dirigió a casa de su prima Francisca a ver la tele. Mientras tanto, el Rafalino y yo, nos dedicamos a meter todas las cucarachas que teníamos dentro de la caja, por un orificio debajo de la puerta de la casa, invadiendo de tan repugnantes “bichos” toda la tienda de ultramarinos. Esa noche yo me acosté rápido, sabía que sobre medianoche, esta mujer se iba a su casa y tenía que entrar por la tienda que estaba situada en una especie de zaguán. Unos gritos proferidos por una persona conocida se escuchaban calle arriba hasta llegar a la puerta de mi casa, inmediatamente, la puerta de mi casa se abrió y se escuchó una voz sofocada que decía: “Paula, Paula, porque eres tú, que si no, esta noche tu hijo y el sinvergüenza ese del Rafalino, iban a dormir en la inspección”.

Evidentemente, esa misma noche me tocó bajar “calentito” con mi madre tirando de una de mis orejas, a ver el resultado de la “fechoría”. Allí estaba también Rafi que había corrido la misma suerte que yo, y enfrente un espectáculo desolador. Todos los sacos de lentejas, azúcar, judías y tantos otros productos, estaban invadidos de cucarachas negras provocando a la vez repugnancia y admiración en todas las personas que allí se encontraban. A nuestras madres les tocó limpiar la tienda y poner aquello en su lugar. Eran cosas de niños, de niños de los de antes, de los que estábamos todo el día en la calle y no teníamos por más juguete que nuestra imaginación.

Entrábamos y salíamos de aquel corral siempre con la atenta mirada del señó José que miraba sentado en su taburete de mimbre similar a aquellas sillas del mismo material. Eran unos taburetes eran sin respaldo, siempre recordaré su imagen sentado en aquella esquina en la que hoy en día sería una locura sentarse, viendo como bajan los coches por la travesía del Reducto, como se llamaba mi calle entonces, con una frecuencia que antes sería impensable. Y allí, en esa misma calle intentamos aprender nuestros primeros equilibrios con una bicicleta, que no recuerdo bien, si mi madre o mi tía Felipa había conseguido en algún lugar, pero la cuestión es que aquella bici no tenía cadena, ni sillín, ni frenos, con lo que a la dificultad de aprender a mantener el equilibrio, se añadían otras como tener que tirarse calle abajo, sin frenos y con una rodilla de llevar los cántaros en la cabeza por sillín. Primero subíamos a lo alto de la calle como cual remonte de estación de esquí y luego, armados de temeridad que no de valor, nos lanzábamos a hasta la plazuela, continuando luego por la calle del pozo concejo con las piernas abiertas y para detener aquel cacharro desbocado, clavar los pies en el suelo hasta su detención que solía acabar no mucho más allá de la carpintería del señó Polonio, padre de Andrés, que era otro de nuestros sitios de referencia. Una vez acabado el recorrido, bicicleta en mano y cuesta arriba a volver a empezar por otro que estaba esperando su turno para repetir la misma aventura.

Mas tarde esto mismo pero ya con una bicicleta que contaba con cadena, sillín y frenos, se trasladó al Reducto, que seguía siendo de tierra y empezó siendo desde la puerta de la pensión como he dicho antes, hasta la puerta del señó Juan “Chispa”, aquel entrañable mecánico de bicicletas y ciclomotores que en su  minúsculo taller con sus gafas protectoras de los ojos trabajaba incansablemente a la vez que de vez en cuando nos solucionaba algún problemilla con nuestros primeros vehículos. Luego la meta se fue alejando cada vez más, primero hasta la puerta de “Transportes Abajo” con su gran carro siempre aparcado a la puerta que también sirvió para nuestros juegos, posteriormente hasta el primer pollo de las Laderas, luego el “pollo largo”, después el “pollo de los viejos” y para cerrar el circulo del aprendizaje ciclista, conseguir dar la vuelta por la carretera y volver por la calle del reloj otra vez hasta el reducto con el consiguiente jolgorio de bienvenida como si de una aventura allende los mares se tratase.

Otro de los personajes con los que tuve varios encuentros durante aquella infancia en Alburquerque, fue don Daniel el médico. La primera “visita” que le hice, fue con una herida en la barbilla al caerme tropezando en el umbral de una casa donde intentaba esconderme de mi tía Nico, a la cual tuvo que dar varios puntos de sutura; posteriormente me llevaron después de que me atropellara una motocicleta en la carretera y que precisamente coincidió con la estancia en Madrid de mi madre a causa del fallecimiento de mi padre y así una sucesión de costuras a lo largo de cuerpo de las que hoy día tengo sus secuelas en mi piel. La última vez que visité a don Daniel por estos motivos, fue a causa de una caída en el pajar arruinado de la posá del navajero y entonces don Daniel pronunció unas palabras amenazantes que debieron causar en mi subconsciente una especie de mecanismo de autoprotección que impidió que volviera a hacerme ninguna herida que supusiera tener que coser y por tanto la consiguiente “visita” a don Daniel, y la frase que pronunció dirigiéndose a mi madre en mi presencia fue la siguiente: “Paula, la próxima vez que traigas a este niño con otra herida para coser, yo ya no le coso más, simplemente le corto la cabeza y así ya no hay que coser”, imagínense esas frases dichas hoy en día por cualquier médico en presencia de un menor quizás le supusiera una denuncia cuando menos, pero antes, eran otros métodos y sobre todo otros tiempos.

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