Manchas, un león especial


Cada mañana iba detrás de la cerca que servía de linde a los grandes terrenos del zoológico y me paseaba a lo largo de las gruesas alambradas, para ver si distinguía alguno de los cachorros que habían nacido hacía poco tiempo y que aún estaban en la sección maternal.

Me encanta ver a los pequeños animalitos tan seguros de sí mismos a pesar de su corta edad; me asombra comprobar que son tan independientes, disfruto el ver todo lo que aprenden de sus padres y de los otros hermanos de la misma camada. Así había visto al pequeño reno blanco, a la cebra y a los lobeznos. A cada uno le ponía un nombre y les platicaba a la distancia, aunque los animales ni se enteraran de que yo existía

Días antes me había percatado que los veterinarios vigilaban mucho a la leona que pronto daría a luz a los nuevos leoncitos. Por eso, ese día me había levantado más temprano y había marchado deprisa hacia las rejas.

Quería ver si ya habían nacido, me preguntaba cuántos serían y sentía mucha emoción; los animales son muy hermosos y en el gran zoológico, estaban muy bien cuidados.

Cuando crezca, me dedicaré a cuidar animales, así como los veterinarios que atienden a todos los bellos ejemplares que viven felices en ese inmenso espacio especialmente acondicionado para ellos.

Con tantas comodidades, creo que no echarán de menos a las familias que han quedado en otras partes lejanas, tal vez en otros países, porque aquí tienen otra familia más numerosa y reciben excelentes cuidados.

Por fin me quedé en el lugar más cercano que encontré al área de maternidad y desde allí, escuché el bramar de la leona, que seguramente ya estaba lista para dar a luz a su nueva camada.

Corrieron varios de los jóvenes que atendían a los animales y hasta mucho después los vi salir, algunos un poco cabizbajos y tristes.

Oye Juan – llamé desde la cerca cuando vi a uno de los hijos del encargado – ¿cuántos cachorritos fueron? ¿están bien? y la leona, ¿cómo está?

Juan siempre me veía atisbando tras las cercas, así que ya éramos amigos. Hasta le había pedido que me dejara entrar un día a ver a los cachorritos, pero siempre se había negado.

Algunas veces me dejaba ayudar a limpiar las jaulas de las aves tropicales e incluso, un día me permitió acarrear las zanahorias para los conejos y los plátanos para los changos, pero todo lo demás era peligroso dada mi corta edad.

Juan me miró un poco tristón y me dijo – Sólo pudimos salvar a uno, porque los otros dos venían enfermos y se murieron – y agregó – pero la leona está bien aunque muy débil.

Juan, déjame verlo por favor – le supliqué.

Precisamente dos días antes, Juan había estado conversando con su padre al respecto, tratando de convencerle de que podría ayudarlo en las tareas menores, ahora que estaba de vacaciones. Se notaba que me gustaban mucho los animales y siempre demostraba muy buena voluntad.

El padre, renuente al principio, por fin había aceptado, pero Juan debía cuidarme y hacerme comprender que los animales no son juguetes, que se les debe respetar aunque sean pequeños y que sólo se les puede alimentar con la comida especificada por los veterinarios.

Date la vuelta, yo te espero en la puerta – contestó Juan y, antes de que se arrepintiera, eché a correr hasta la reja de acceso. Estaba feliz, siempre había esperado que la respuesta fuera como las anteriormente recibidas, pero en un rinconcito de mi corazón, siempre esperaba que un día, cualquier día, Juan me permitiera entrar. Por eso cada vez que podía, le preguntaba y cada vez que recibía un No como respuesta, de todos modos le agradecía y pensaba que para la próxima podría ser. Y ahora, había llegado ese día.

Nos acercamos al área de maternidad, mientras Juan me daba toda clase de indicaciones a las que ponía especial atención.

No te preocupes Juan – le dije cuando llegamos ante la puerta cerrada – no te voy a defraudar. Gracias por tu confianza, yo me ocuparé de que estés orgulloso por mi comportamiento.

La leona estaba realmente muy débil y el cachorrito estaba un poco alejado, mientras le daban leche en un biberón. La madre parecía comprender que todos los que la rodeaban eran amigos, que estaban ocupados en atender al pequeño para poder darle todos los cuidados que necesitaba. Así es que los ruidos que emitía eran muy suaves, porque todavía estaba bajo los efectos del sedante que le habían puesto para que no sufriera.

Me puse cerca de la leona y le estuve platicando en voz baja; que no se preocupara, que los doctores sabían lo que hacían, que su hijo estaba hermoso, que iba a ser un gran león, que estaba tomando la leche, que cuando se despertara lo iba a ver muy bien, que por ahora descansara, que todo iba a resultar perfecto.

Me acerqué a Juan, sin meter las manos, sin preguntar nada, sólo observando todo el trajín que había.

El cachorro era precioso, parecía una bola de suaves pelos, color amarillo, con una mancha negra en la punta de cada oreja.

Pensé que Manchas sería un bonito nombre y me puse a mirar al cachorro que chupaba enérgicamente del biberón mientras algunas gotas de leche se le escurrían por los lados del hocico.

Juan me pidió que le alcanzara una cubeta con agua y un trapo limpio de los que había en la mesa. Yo, al tiempo que escuchaba, movía mis ojos para descubrir lo que me pedían y rápidamente, agarré las cosas y se las pasé.

Ahora me pude acercar más y vi cómo el veterinario revisaba las patas, la cabeza y el hocico del cachorro. Todo estaba bien, sólo había que estar atentos para cuando la leona se despertara para acercarle a su hijito.

Había muchos trapos manchados y papeles sucios y le pregunté a Juan, si podía limpiar un poco. Juan consintió al tiempo que se encontraba con mi profunda mirada de agradecimiento. Recogí todo rápidamente y lo fui echando en otra cubeta cuyo contenido finalmente, vacié en el tambo de la basura. Otros trapos limpios, los doblé cuidadosamente y ordené las cosas que quedaban sobre la mesa.

Los demás no le dieron mayor importancia, porque yo venía con Juan y muy pronto me llamó uno de los veterinarios. Pregunté con la vista a Juan y éste asintió sonriendo. Eran más de las cinco de la tarde cuando finalmente la leona se despertó para encontrar a Manchas que estaba ya con ella, buscando las mamas para succionarle la leche materna.

Nos fuimos para que la nueva mamá no se sintiera amenazada y sólo se quedó uno de los doctores, el que había atendido el parto tan difícil.

Se ve que estás muy bien – me comentó Juan, al tiempo que me desparramaba el pelo de un cariñoso manotazo.

Bien es poco, estoy muy feliz – respondí acomodándome el cabello revuelto – y tengo la seguridad de que tanto Manchas como su mamá estarán muy bien.

¿Manchas? – preguntó Juan y sin darme tiempo a responder, agregó – por las manchas de las orejas, ¿cierto? Es bonito nombre. Tú deberías llamarte Pelos. Si vienes mañana, puedes ayudar a limpiar de nuevo.

Nos despedimos y me fui brincando y corriendo hasta que llegué a casa, donde me esperaban mi mamá y mi hermana menor. Les conté lo sucedido y pedí permiso para ir a ayudarle a Juan al día siguiente.

Mi mamá me aconsejó no meterme en ninguna complicación, pero debíamos esperar la opinión del papá que estaba por llegar. Mi papá siempre está repitiendo las cosas que ya sé, que sea servicial con cualquier persona, sin importar su edad ni vestimenta, que escuche más de lo que hable, que respete la opinión de los demás, que nunca permita que me falten el respeto. Y siempre termina diciendo:

Ya sé lo que lo sabes, pero lo que por sabido no se dice, por no-dicho se olvida.

A partir de ese día, ayudé en los trabajos menores, y en la hora del descanso, hasta me invitaban a compartir las bebidas refrescantes y unas manzanas. Mi madre ahora me esperaba con la comida lista, para partir nuevamente a mis labores y nunca me había visto con tanto entusiasmo.

Cada tarde al regreso, les contaba las cosas que había hecho, de cómo se limpiaban las jaulas, de qué comían los animales, de cómo se bañaban a los elefantes y de lo que había jugado con Manchas.

De alguna manera y sin que nadie se lo pudiera explicar, la leona me permitía jugar con el cachorro que iba creciendo muy fuerte y hasta lograba mantenerlo quieto, silbando una repetida tonadilla que al parecer, era del agrado de Manchas. Y cada noche, yo rezaba dando las gracias, gracias por mi familia, gracias por mis nuevos amigos y gracias por los animales.

Un mes después, Juan mismo llegó a la casa, ya era bastante tarde y habíamos terminado de cenar. Escuché hablar a mis padres, quejándose de la hora, pero Juan insistió hasta que me llamaron. Manchas se había escapado y como yo lo conocía tan bien, necesitaban que los acompañara en la búsqueda del cachorro. Habían descubierto un hoyo en la reja y pensaban que por allí podía haberse ido. Mi padre finalmente accedió y salimos cuando la noche ya había extendido su manto de estrellas.

Vi el hueco y desde allí empecé a caminar, como si desde siempre hubiera sido un experto seguidor de huellas; en silencio, los demás me seguían. Lo cierto es que yo iba rezando, pidiendo por mi amigo, que estuviera bien, que no se encontrara ni con perros ni con gatos que pudieran hacerle daño, y también en silencio, lo llamaba. Unas cuadras más allá, empecé a silbar y lo demás me secundaron.

Al poco rato, todos se habían aprendido la tonadilla y decidimos que nos separaríamos. Suponíamos que el leoncito, al escuchar la canción ya conocida, se acercaría sin miedo. Cada uno llevaba un silbato y el primero que lo hallara, lo tocaría para avisar a los demás y encontrarse en el zoológico. De cualquier forma, todos llevaban una red para echarle encima, excepto yo, que ahora caminaba más rápido.

Pensaba que Manchas estaría asustado, nunca había salido de un área muy chica, no conocía todo el zoológico y mucho menos, conocía las calles aledañas. Así es que seguía silbando y pidiendo por mi amiguito.

Mientras tanto Manchas, se había encontrado con un perro que afortunadamente, era chico de tamaño, así es que a los primeros ladridos, Manchas, había ensayado un zarpazo y el canino había salido huyendo. Se entretuvo en un basurero, descubriendo restos de comida y enredándose en los papeles de periódico. Esto del mundo exterior, sí que era nuevo. Había muchas cosas que descubrir y nadie que se lo impidiera.

Había encontrado una escalera de piedras y a pesar de que los escalones estaban altos, los pudo subir sin mayores trabajos; a la bajada, fue un rodar de arriba abajo, así es que decidió partir hacia otro lado.

Le pareció escuchar la melodía que yo le silbaba cada tarde. Pero tenía un tono distinto, así es que después de cavilar un poco, siguió su camino para encontrarse con una zanja con agua, donde de un brinco, metió sus mullidas patas y bebió un poco; el agua estaba fría, así es que se sacudió y se acordó de la leche caliente que le brindaba su madre.

De repente se sintió solo y empezó a chillar. La aventura se había acabado, estaba oscuro, tenía sus patas frías y le faltaban su mamá, la paja seca y su comida.

Volvió a escuchar la suave tonadilla y sus orejas se levantaron en alerta. Si era o no el tono, no importaba. Esa melodía lo podía llevar hasta su madre así es que decidió dejar de llorar y aguzar el oído.

Yo sentía el cansancio de caminar rápido y silbando, así es que decidí aminorar el paso. De esta manera, la tonadilla, era más suave. Manchas reconoció mejor el silbido, así es que echó a correr en la dirección de donde salía la música y al doblar una esquina, casi se estrella conmigo; así es que lo agarré de la base del cráneo, hasta alzarlo en vilo.

Lo sacudí, le regañé y hasta le propiné unas nalgadas, pero Manchas lamió mi cara, dándome a entender que estaba muy contento de haberme encontrado y pidiéndome que lo llevara de vuelta con su mamá.

Saqué el silbato y emití un largo silbido para que los demás compañeros, se enteraran que el cachorro había sido encontrado. Casi a la entrada del zoológico, me encontré a Juan y a los otros, quienes también le regañaron. El cachorro supo que hay aventuras que están prohibidas para los menores.

Cuando lo dejamos cerca de su madre, ésta también le agarró de una oreja y le dio una fuerte sacudida, pero Manchas se acomodó entre las poderosas patas maternas y se acurrucó en el vientre caliente.

Juan se dio rápidamente cuenta que la amistad entre Manchas y yo, era bastante especial; sin embargo, había que considerar que el león crecía y crecía, que pronto pasaría a los espacios con los demás felinos y que yo no podría entrar hasta allá.

De hecho cuando se alimentaba a toda la manada, se hacía desde un vehículo en marcha y con un vigía con el rifle con dardos tranquilizantes, listo para disparar en cualquier contingencia. Jamás había que olvidar que se trataba de fieras salvajes.

Así es que me habló, y escuché las mismas razones dadas por mi padre. Comprendí por segunda vez, que tanto papá como Juan, querían prevenir cualquier problema, así es que empecé a alejarme de Manchas, para que ambos nos fuéramos acostumbrando a que si bien seguíamos siendo amigos, debíamos estar separados.

Con la entrada a clases y el paso de la leona y de Manchas, al área de felinos, esta separación se hizo más fácil. No obstante, cada fin de semana, corría hasta las cercas interiores y desde allí silbaba la tonadilla que me unía a mi amigo que poco a poco, iba llegando a su tamaño normal. Se veía mucho más grande que otros leones de su edad y desde ahora, tenía un caminar que imponía respeto.

En la escuela, me enseñaron a usar la flauta dulce y mientras los demás miembros de la familia, se molestaban un poco de escuchar tantas y tantas veces al día los mismos ensayos, yo continuaba practicando.

Así que muchas veces se nos ve, a mí, tocando la flauta en las cercas del terreno de los felinos, y a un león con sus orejas manchadas, tendido en los lindes, escuchando las bellas melodías, y esto forma parte del recorrido de los turistas que llegan al lugar.

Todavía cuando hay un grupo, llamo a Manchas que se levanta majestuoso, da un corto paseo como si entendiera la música de la flauta, y lanza un potente rugido para deleite de los visitantes.

 

Cecilia Poblete Ibacete – Chilena

 

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