La posá del navajero (cap. 6)


La vuelta a casa por Navidad

Aquel primer otoño de 1970 en Madrid, para mi fue el descubrimiento de un mundo nuevo, de nuevos amigos algunos de ellos llegarían a ser con el tiempo casi como familia, pues cuando convives durante años en un internado con la misma gente y cuya relación no se termina cuando se acaban las clases, porque al finalizar estas, seguías estando con ellos en el estudio, en las comidas y en las cenas con los que compartías mesa de comedor y en los dormitorios con los que compartías habitación. Al paso de los años te das cuenta que estos han sido parte de tu familia durante años, por eso a día de hoy, cualquiera de los que compartimos aquel tiempo, nos encontramos aun cuando han pasado a lo mejor veinticinco años sin vernos y cuando nos encontramos seguimos hablando como si fuera ayer.

De pronto, noté el alejamiento también de los que hasta entonces habían sido mis inseparables amigos de siempre, de mi familia que quedó en Alburquerque, de los juegos del corral que ahora habían sido sustituidos por un gran patio central de un colegio y todas las instalaciones aledañas, como campos de fútbol, de baloncesto, de balonmano, una piscina de la que curiosamente solo nos aprovechábamos diez o doce días antes de que se iniciaran las vacaciones de verano, pues el ser una piscina descubierta, se llenaba a primeros de junio y recuerdo que tardaba días en llenarse o a lo mejor menos pero claro con la impaciencia de niño para que llegara tal acontecimiento, aquel tiempo se hacía eterno, sobre todo unos años más tarde ya de camino a la adolescencia. El caso es que cuando ya estaba llena, llegaba pronto el día en que marchábamos cada uno a nuestros pueblos y ciudades de origen para pasar las vacaciones de verano

Durante todos estos primeros años de la década de los setenta fui descubriendo en Madrid cosas que en Alburquerque nunca había visto, como por ejemplo los donuts, ya que primeramente existían los de panadería pero al poco tiempo la marca “Panrico” sacó al mercado los que conocemos actualmente y que se han instalado en el vivir diario de la gente como si fuera algo de siempre, pues no, antes de los setenta no estaban entre nosotros. Por ese tiempo salieron también otro tipo de bollos archiconocidos desde la infancia, que fueron los bonys, bucaneros y tigretones que la marca “Bimbo” instaló en nuestras vidas con una gran campaña publicitaria con sus famosos álbumes de cromos de los que yo fui coleccionista. De ellos puedo recordar perfectamente títulos como “El porqué de las cosas” 1 y 2, “El maravilloso libro de las adivinanzas” “Naturaleza y vida” y otros de los que no recuerdo su nombre, pero que son toda una reliquia del mundo del coleccionismo.

 

Pero el caso es que ante todos estos descubrimientos, mi primer otoño fue pasando en Madrid y noté además la ausencia de todo mi entorno anterior, de lo que no fui consciente, pues un niño a esa edad no tiene conciencia de esas cosas, de lo que es echar de menos y al menos yo, me adapté rápido a mi nueva situación y por fin llegaron las primeras navidades y vuelta a casa. Años más tarde aquella vieja canción de los turrones “El almendro” que se instauró en nuestras vidas durante años, podría haber acompañado cual banda sonora a las imágenes que tengo del regreso.

 

 El viaje de retorno a Alburquerque lo hicimos en el antiguo y hoy tristemente desaparecido o “momentáneamente” suspendido el servicio, el tren “Lusitania Express”, que era toda una aventura por esas fechas realizar un viaje a lo largo de toda la noche, ya que solía ir repleto de “guiris” que incluso dormían en el pasillo y solían montarse unas fiestas de todo tipo en aquellos vagones con compartimentos. Al llegar a la estación de San Vicente de Alcántara teníamos que tomar el coche que nos enlazaba con el pueblo para luego en “La Estellesa” dirigirnos a Alburquerque. Hay algo que me quedó grabado de ese viaje entre la estación y San Vicente y era que se trataba del coche llamado “del correo”, un Seat 1500 blanco conducido por un tal Mendoza que recuerdo perfectamente, cada vez que subía un repecho de la carretera, al bajar la siguiente pendiente, desconectaba el motor del coche y bajaba todo el recorrido en punto muerto, digo yo que lo haría por ahorrar combustible el hombre, pero claro imaginemos un vehículo en ocasiones cargado con cinco o seis personas mas los equipajes, bajando aquella estrecha carretera con un buen número de curvas de aquella manera, toda una temeridad. En alguna ocasión incluso el viaje fue hasta Alburquerque, ya que este coche, una vez descargadas las sacas correspondientes a San Vicente, luego llevaba hasta Alburquerque las que correspondían a esta población y alrededores.

Llegábamos a Alburquerque muy temprano y el primer encuentro con la familia después de tres meses fue entrañable, mis tías Nico y Felipa y mi hermana Herminia que se había quedado a vivir con ellas en el pueblo. El desayuno y justo después recuperar el contacto con la calle que a esas horas del día en invierno, olía a chamusquina y sonaba a gritos de cerdo por los corrales el día que les llegaba su San Martín, el invierno es época de matanzas y también de nieblas mañaneras y eso era algo de lo que un niño de ocho años no se percataba entonces, de que había perdido esas sensaciones metido de lleno en una ciudad como Madrid. El paso siguiente era abrir la puerta de la posá del navajero y entrar hasta el fondo del salón hasta encontrarme con ellos, con mis amigos, con José Antonio y con Rafalino y ahí es donde percibí por primera vez la ausencia de ellos durante tres meses, en la calidez de los abrazos sinceros de la niñez, del “como decíamos ayer”, no había pasado el tiempo, los juegos eran los mismos, las ocurrencias las mismas y el corral de la posá otra vez el centro del mundo, con sus personajes, con Cipriana “la sorda” cruzando como siempre el corral, con el señó José “buenapersona” y sus coplillas y con la tele, porque a casa de mis amigos ya había llegado una tele y por tanto ya teníamos una tele mas en la que ver nuestros programas favoritos.

No recuerdo bien exactamente si la aparición de la tele fue en esas primeras Navidades o en otras posteriores pero a no más tardar de un par de años desde mi marcha a Madrid, pero la llegada a mi casa de la primera tele en blanco y negro fue consecuencia de un hecho que luego visto en el tiempo, recuerdo con gracia, pues me había enfadado yo con mis amigos, si también nosotros nos enfadábamos como todos los niños y esto suponía estar uno, dos o tres días sin ir por el corral ni ellos venir por mi casa, por lo que en una de estas mi madre al verme con la cara de “amoláo” como decía Conce, me preguntó por cual era la causa de mi estado de ánimo, claro, mi respuesta en ese momento fue… -Me he enfadado con Jose y con Rafi, así que ahora no podré ver la tele. Todo esto dicho con esa cara y tono de “penita” que ponen los niños a esas edades, provocó la reacción inmediata de mi madre, que hecha una “Agustina de Aragón” en pos de la causa de su hijo, se dirigió inmediatamente a la tienda creo recordar de Luís “caganío” y compró una estupenda tele marca “Inter” que estuvo en casa durante un buen número de años y dando un gran servicio.

Los camioneros, una de las series favoritas que veiamos en la tele

Los camioneros, una de las series favoritas que veiamos en la tele

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A partir de entonces, cada Navidad, aparte de celebrar las fiestas en sí, celebrábamos también el cumpleaños de mi hermana que caía a últimos de noviembre, por lo que se convertía en un clásico ya que mi madre elaboraba la famosa tarta de varios pisos de bizcocho que luego iba rellenando sus pisos, de crema, chocolate, mermeladas, y luego recubría de merengue y piñones o almendras laminadas. Todavía me acuerdo de los vasos de cristal verdes llenos de chocolate para acompañar la tarta y allí nos juntábamos todos, aunque yo no se por qué, pero casi siempre al final en todas las fotos del cumpleaños que tengo por ahí, como digo, casi siempre salimos los mismo, mi hermana, Rafalino mirando de reojo la tarta y yo.

vendría el regreso otra vez a Madrid y vuelta a empezar hasta las siguientes vacaciones que era las de Semana Santa, luego los tres meses de verano y así durante años nunca perdí mi contacto habitual con Alburquerque. Allí fuimos creciendo con nuestras mismas ocurrencias y juegos, con el corral y sus recovecos y en una de estas vueltas me encontré con la presencia de un nuevo ser entre nosotros, un compañero de juegos que durante años nos acompañó de manera omnipresente a todas y cada una de las aventuras que vivimos en Alburquerque durante todos esos años y en cierto modo fue otro más del grupo ya que nos acompañaba en todas las correrías por las calles y campos del pueblo y este fue, el “King”, un perro pastor de color amarillo que se trajo entonces de la mili, Isidoro “mortero”, primo de mis amigos y que su nombre original no fue el de “King” como le dimos en llamar nosotros por aquellas cosas influyentes del idioma inglés que ya se avecinaba, sino de otro de apariencia fonética igual, pero que era el “Quin”, por lo de “quintos” en la mili y claro como este se lo había traído cachorro del cuartel, pues era todo un “quintorro”.

El king y yo en unas navidades blancas en Alburquerque

El king y yo en unas navidades blancas en Alburquerque

Pero de nuestras aventuras con el “King” ya hablaré en otro capítulo, pues bien lo merece hacerlo aparte ya que a partir de los diez años de edad, mas o menos, las aventuras de los niños comienzan a verse de otra manera y sobre todo los niños de antes que a esa edad ya teníamos pateado todos los recovecos del pueblo, campos y callejas de alrededor, por lo tanto y como ya he dicho en otros capítulos, esto sigue en otro momento…

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7 pensamientos en “La posá del navajero (cap. 6)

  1. Para mi que el tal king era primo o familia cercana de mi entrañable amigo Tom.
    Gracias Manolon por deleitarnos con tus vivencias y hacernos recordar un poco las nuestras, pues pobre del que no ha tenido infancia o carece de las vivencias tan ricas de los que hemos tenido “pueblos” ahora los amigos son “virtuales”
    Saludos NINO

  2. Hola Manu, no tengo el gusto de conocerte, creo,pero mi infancia también la pasé en Alburquerque,y no veas la ilusión que me ha hecho leerte..
    Soy más joven que tú,pero recordar los sitios, las vivencias.. son similares..Cuando he leido como montabas en bici trando por la calle del Pozo Concejo.. no he podido más que rierme.. Yo aprendí a montar en bici así.Me tidaba desde el Portón de Piriz(Manolo,el padre de Zacarías)hata llegar al reducto, por la calle Miguel Pérez par abajo… eso para aprender..Cuando lo recuerdo, no sé como no me maté.
    Me ha encantado entrar en est espacio, tan entrañable.Un beso y si no te importa seguiré pasando a leerte.
    Besos.

  3. Gracias Nino, Mariló y a tod@s los que os animéis a escribir vuestros comentarios en este blog, gracias sobre todo por animar a otros a leerme y sobre todo porque con una simple palmadita en forma de comentario, me sirve para seguir escribiendo estas vivencias, que aúnque localizadas en Alburquerque, siempre serán comunes a todos aquellos niños que “tuvimos pueblo”.

  4. Gracias a ti por hacernos recordar,por dejar que aflore una sonrisa a nuestros labios.He vivido alli hasta los 17 años, y creo que he sido muy afortunada.Recuerdo las carreras por la Alameda, las guerrasd e naranjas, el redcuto, las Laderas,los primeros besos ejejje.Los amigos, algunos que ya no están y tantas y tantas cosas..He sido muy feliz alli.
    Un beso y gracias otra vez

  5. Me gusta su página. Es sorprendente comprobar cómo los recuerdos de alguien despiertan los nuestros y reviven historias que estaban dormidas desde hace muchos años. Su mención de Cipriana “la Sorda”, por ejemplo, me ha recordado un personaje entrañable de mi infancia. Muchas gracias. Seguiré leyéndole.

  6. Gracias Manolon,
    Haces mención a la “amistad” y casi familiaridad que llegábamos a tener entre los huérfanos, yo, hoy después de 30 años de no saber nada de nadie, mande un correo a un huérfano y en nada ya recibí dos llamadas de huérfanos que salvo por el contenido de la conversación contándonos nuestras vidas actuales, nos tratábamos con la misma familiaridad, generosidad y amistad que en aquella época.
    Gracias por describir también unos sentimientos que los siento como propios.
    Un abrazo

  7. Gracias Orozco. Te recuerdo perfectamente con los cabellos rubios y rizados. Los años del Infanta tienen su historia también. Algún día escribiré algo o no sé si lo repasaré brevemente dentro de la “posá del navajero”, de aquel llegar de las vacaciones y los autobuses repartiendo gente por las estaciones de tren. Aquel rincón de los huérfanos de Atocha hoy convertido en estufa fría. Aquellos paquetes que nos preparaban en la cocina para el viaje, etc. etc. Me pondré en contacto por mail contigo. Saludos.

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