La Posá del navajero (Cap. 7)


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 Y en eso llego el “King”

Con el tiempo, mis idas y venidas de Madrid al pueblo y del pueblo a Madrid, aunque espaciadas en el tiempo que da la regularidad de un calendario escolar, serían constantes y periódicas.

            Eran los primeros años de la década de los 70 y en Madrid se notaba cierto aíre de cambio en todo. En la forma de vestir se advertía en la calle la explosión “hippie” y de pronto los pantalones acampanados y las camisas con grandes cuellos y los jerséis ceñidos eran un todo uno acompañados durante el invierno de una prenda que se convirtió en todo un símbolo generacional, la trenca. Ya fuera en color azul o en color beige, la trenca invadió de forma espectacular aquellos inviernos de los años 70 y se instaló en nuestros subconscientes para toda la vida, ya que su uso perduró durante casi toda la década hasta la llegada de los cueros en los años 80.

            La vuelta al pueblo por aquellas navidades, trenca incluida iba a ser toda una sorpresa. No era tal la salida de Madrid, que era todo un acontecimiento en el colegio donde yo estaba internado. Ese día era especial, pues creo que todos los que estábamos allí esperábamos con ansiedad la llegada de esa fecha para volver a nuestras casas. Te das cuenta en esos momentos lo importante que es tener una familia, pues en esos mismos momentos en que casi todos rebosan de alegría por volver con los suyos, había otros compañeros tuyos que no tenían familia con los que pasar las navidades, casi todos porque eran huérfanos de padre y madre, que por los motivos que fueran sus familias no se hacían cargo de ellos y habían quedado totalmente al cargo del colegio. Estos pasaban habitualmente esas fechas en casa de inspectores o cuidadores y algunos profesores del colegio que los llevaban a sus casas. Ellos se quedaban allí y tú junto a los otros niños te apresurabas a ir a la cocina del colegio a recoger “el paquete”. “El paquete” era un atadillo envuelto en papel de estraza atado con cuerda choricera y que se componía de dos bocadillos, una pieza de fruta, y en ocasiones una pastilla de chocolate. Era la cena para el tren, ya que los viajes eran largos y se echaba cena e incluso desayuno.

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Por la tarde había dos rutas de autobús que distribuían alumnos por las estaciones “Del Norte”, “Chamartín” y “Atocha”. Una a media tarde para los trenes con salida más temprana y otra ya más entrada la noche para los que tenían la salida más tardía. Ese era el mío, ya que “El Lusitania” salía concretamente a las 23’25 horas de la estación de Atocha. La llegada a la estación constituía un ritual en cuanto a la costumbre de juntarnos todos en la misma zona de la estación, justo a la entrada del vestíbulo a la zona de andenes, en el rincón de la derecha. Esa zona de lo que hoy en día es el jardín o “estufa fría” de la moderna estación, pasó a denominarse entre nosotros como “el rincón de los huérfanos”. Era característico, primero por la gran cantidad de bolsas de deporte de las que nos proveía el colegio, que eran todas iguales y que de conservar hoy en día alguna de ellas haría furor en algún sitio de subastas de la escena “indie”, pues eran las famosas bolsas “Puma” negras con ribetes blancos bordeando toda su silueta. Por eso casi, nos conocíamos entre nosotros y además por la presencia inconfundible de las omnipresentes trencas.

El viaje en “el Lusitania” era toda una aventura para un niño de aquella edad. Poco a poco, las bolsas de aquel montón en el que cada cual tenía marcada la suya, iban desapareciendo según iban saliendo los trenes para cada destino. Una vez dentro del tren, en aquellos vagones con compartimentos, de 16 asientos de plástico azul con la típica foto en blanco y negro de la playa de Riazor en La Coruña o similar. Mi madre que siempre estuvo acostumbrada a viajar, colocaba las maletas en lo alto y ocupábamos nuestros asientos. A mi me gustaba bajar el cristal de la ventana para ver el ajetreo de la gente en el andén. Los carromatos eléctricos que había en las estaciones llevando los bultos consignados y las sacas de correo, los besos furtivos de los soldados despidiéndose de sus novias a pie de escalera y sobre todo, el operario que pasaba momentos antes de la salida golpeando las ruedas metálicas de todos los vagones del convoy. Una de las imágenes que tengo grabadas del momento que el tren echaba a andar, es de la forma tan lenta que lo hacía y el traqueteo sobre los cambios de aguja. Después, el siempre encendido rótulo gigante de “Electrolux” que había en las proximidades de la estación y que en mi imaginario todavía permanece vivo.

A partir de aquellas primeras navidades, aquel ritual se iba a repetir durante años y como referí en el capítulo anterior, el encontrarme con mis tías y mi hermana y seguidamente salir pitando hacia la posá del navajero para reencontrarme con José Antonio y Rafalino. Mi sorpresa fue, que poco después de abrir la puerta de la entrada, vino hacia mí ladrando una bola de pelo amarillo que empezó a saltar a mí alrededor y poco tiempo después aparecieron ellos fundiéndonos en un abrazo a la vez que la susodicha bola de pelo me mordía las campanas de los pantalones. Al instante salimos los cuatro al corral y empezamos jugar como siempre. A partir de entonces, aquel perro, al que en principio quisieron llamar “Quin” pasó a llamarse para siempre “el King” y acompaño nuestros juegos durante toda esa época en la que se produciría el paso de la niñez a la adolescencia y juventud.nieve12

Aquellas navidades de final de 1970 y principios del 71, nevó en Alburquerque. Una gran nevada que perduró durante días y de los que tengo gran recuerdo, pues eran los primeros pasos del “King” como cachorro  y en el que empezamos a sellar la gran unión de nuestras vidas. Durante años, nos acompañó en todas nuestras correrías y con el tiempo, era tan raro ver al perro solo sin nuestra compañía como a nosotros sin la suya. Alguna vez incluso, su presencia en algún sitio donde por cuidado no debíamos estar, delataba nuestra presencia allí por lo que más de una vez intentamos que no viniera con nosotros, por lo que salíamos de la posá y cerrábamos la puerta dejándole a él encerrado, pero aprendió a escaparse por el postigo y cuando nos dábamos cuenta nos había seguido. Otras veces en las que cerrábamos el postigo, se daba la vuelta corriendo y por la puerta falsa que daba a la calle Carrión, se escapaba y en poco tiempo había dado con nosotros.

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En las anteriores fotografías se puede apreciar la nevada que cayó sobre Alburquerque aquellas navidades de 1970-71 y el “King” a nuestros pies cuando era un cachorrillo que empezaba sus andanzas con nosotros por aquel corral de la Posá.

Había más animales en nuestro entorno que se nos hacían entrañables. En la carpintería del señó Polonio y Andrés, estaba el “Rinto”, un viejo pastor alemán cascarrabias que siempre con el pelo lleno de virutas y serrín, nos recibía a ladridos cada vez que íbamos por allí. Luego con el tiempo, vino también al corral primero uno que estuvo poco tiempo, al que pusieron de nombre “Bienve”, por bienvenido nada más, y después la “Lenca”, una hembra pastor alemán que ya estuvo varios años en el corral.

Cuando yo llegaba por estas fechas a Alburquerque, siempre era portador de novedades procedentes de Madrid. De juegos nuevos a los que jugábamos en el colegio donde yo estudiaba y de todo tipo de artilugios que yo había visto en la capital y por supuesto tardarían años en llegar al pueblo. Antes no existía Internet ni por supuesto había televisión en todas las casas y que decir de la existencia de solo dos canales de TV.

Una de estas novedades que yo solía llevar por las navidades, eran los artículos de broma. Los petardos (pequeños por supuesto), las tintas que se borraban, la araña peluda, el fluido que calentaba las sillas, los polvos pica pica y por supuesto los más populares de todos, las famosas bombas fétidas.

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Recuerdo que una noche de las que estábamos en la plazuela, se nos ocurrió tirar una de estas bombas fétidas en la taberna de “El Lunes” que ya por entonces lo regentaba Encarna (q.e.p.d.) y al caer la tarde solía estar bastante frecuentada de asiduos echándose unos quintos de vino. Quiero hacer hincapié en esto de los quintos porque es algo que yo sigo recordando de siempre y es que se trataba de las botellas de coca-cola que se rellenaban de vino y se le ponía un tapón de corcho con una caña, bebiéndose estos a estilo botijo o porrón. El caso es que en esas circunstancias, y con la colaboración de Quini, la amiga de mi hermana y otra de las niñas de la plazuela, entraron en el bar y arrojaron la bomba fétida que nosotros le dimos. Instantes después empezaron a abandonar el local todos los parroquianos y a la vez echando las culpas a “Calojo” el chatarrero de que habría soltado una ventosidad o como dicen en el pueblo se había “peao”.

El pobre “King” también sufriría con el tiempo alguna de nuestras bromas, pues en alguna ocasión y no recuerdo exactamente quien, alguno de nosotros le ataba un petardo colgando de un hilo en su cola y luego salíamos corriendo. Claro, como él corría siempre hacia donde nosotros estábamos, más de una vez nos explotó en nuestras mismas piernas. Las cosas de los niños…

El final de las vacaciones llegaba al fin y otra vez retorno en el tren a Madrid, otra vez despedida de mis inseparables amigos y de mi familia del pueblo. Lentamente el discurrir de los primeros años 70, la irrupción de canciones inolvidables que casi siempre solían poner los domingos en los descansos del cine del colegio, porque eso sí, en el cine del colegio había descansos ya que al estar solamente provisto de una máquina de proyección, cada vez que se acababa el rollo, el operador, tenía que cambiar para lo cual encendía las luces del salón de actos y cine, mientras realizaba la operación ponía la música que estaba sonando en aquellos años. Nino Bravo, Juan Pardo, Fórmula V con su “Eva María”, Julio Iglesias con un canto a Galicia (Jey), Jeannette con su “yo soy rebelde”, Camilo Sesto con su “Algo de mi” y tantas otras que me puedo dejar en el tintero, supusieron para mi las primeras inquietudes musicales y el principio a mi inicio como poseedor de cintas y discos de aquella época de las que aún conservo algunos originales.

De todo esto y más seguiré hablando en otra ocasión…

 

 

 

 

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6 pensamientos en “La Posá del navajero (Cap. 7)

  1. ¡¡Buenas Manolo !!

    He estado unos dias sin entrar pues este cacharro mio cada vez que se estropea tardan mas en arreglarlo ….recuerdas que en Carrión te comenté que lo tenía estropeado ;pues me duró bien poco solo unos dias ,entré a leerte para después comentarte algo y ya no pude ….uffff

    Bueno fuera penas que me has hecho la mañana agradable con tus recuerdos …aquella nevada fué la primera que yo vi y fué la primera vez que hice un muñeco de nieve (bueno que ayudé )
    Por entonces estaba en el pueblo un sacerdote que se llamaba o llama (no he vuelto a saber nada de el)
    Don Enrique y vivia con el si prima Amalia y me llamó desde el corral para hacer al muñeco …que ilusión ..ponerle sus ojos ,nariz incluso fuí a casa a por una toquilla de mi abuela pues yo le decía a Amalia que el pobre tenía frio ….
    Bueno no se si sigue en pié lo que comentaste de tu tia Felipa ..tengo algunas cosas que recuerdo sobre ella ,espero tener un ratillo y te las paso por correo
    Ahora podremos verns mas pues …nos mudamos a vivir definitivamante a “nuestro ” pueblo ….ya te contaré cuando te vea pero ya desde aquí quedas invitado a un cafelito o lo que sea en mi nueva casa .

    Besos y tambien para Hermi …..

  2. Por supuesto queda aceptada la invitación al cafetito pero además acompañado de uno de esos estupendos bizcochos que haces y que son famosos en la red.
    Fijate, que acabas de nombrarme a D. Enrique y ahora mismo según he leido tu comentario me he acordado de él, pero hasta ahora y tirando de memoria para atrás, no me había acordado de su paso por Alburquerque. Si he recordado a D. Miguel, D. Salvador, D. Emilio, a Miguel Ángel y a este no le pongo el D. delante porque siempre en el pueblo será Miguel Ángel. El cura “hippy”, el que …”era igualito que Jesucristo Superstar”… según comentarios de la época.
    Lo de la nieve además para nosotros los del sur que no estamos acostumbrados a ella, era todo un notición y para los niños la nieve lo es todavía más, asi que mas de un@ durante aquellos días de la navidad de 1970-71 tenga en el pueblo sus recuerdos de aquella nevada. Se podría alguien animar a contar su experiencia durante aquellos días.

  3. Faltaria mas que no te hiciera un bizcochito …

    Bueno yo a tods los curas que han pasado por el pueblo los conocí bien ,no solo a ellos si no a la familia que con ellos venía siempre ;su madre ,hermanas etc
    Mira don Miguel estuvo muchos años en Puebla de Obando y un dia que fuí allí hice por verlo y ..acababan de llevarlo a una residencia tenía alzheimer ..pobre .
    ¿Recuerdas a don Salvador que hizo hacer a todos los niños y niñas vestir en comunión de hábito?
    yo me libré por unos dias …se fué poco antes de las comuniones para respiro de las madres que querian que sus niños hicieran la comunión de marinerito y las niñas con el típico traje blanco con velito .
    Ay que tiempos ,sin duda fueron los mas felices de mi vida :mi niñed con mi abuela y desde luego mi nueva vida desde que me casé .
    El resto prefiero olvidarlo.

  4. Me parece ver el castillo llenod enieve, y haciendo enorme bolas y tirándolas por la calle abajo.. claro que la nevada que yo recuerdo tuvo que ser muy posterior, en la decada de los 80.
    Recuerdo lo de Encarna, donde ibamos a comprar los litros de cerveza y despues nos largabamos a las Laderas..
    De los curas que hablais en el comentario anterior solo conocé a Miguel Angel, me dio la primera comunión y además era muy amigo de mis tía Ana(que trabajaba con Cipriano en la Sala de juegos y en el cine) y de mi tío Paco.
    Un beso y gracias otra vez por tantos recuerdos

  5. Manolo,
    En lo referente a la estación, parece que lo estoy viendo en película, exactamente igual los que íbamos para el norte (en la estación del norte primero y luego Chanmartin). El día de las vacaciones comenzaba con el cántico de himno de la Guardia Civil, después el día se hacia eterno hasta que salías del colegio, en ese momento y casi sin date cuenta, ya tocaba regresar, que dura era la vuelta….al menos hasta reencontrarnos con nuestros compañeros que de alguna forma hacían el retorno mas liviano.

    Un abrazo

  6. La verdad es que las vacaciones de navidad o semana santa duraban poco, a mi núnca me apetecía volver al colegio, se me hacía poco el tiempo que estaba en mi pueblo. Sin embargo con las de verano era diferente, pues llegaba ya un momento al final del verano como dice una famosa canción, que estaba deseando regresar para encontrarme con los amigos del colegio, les echaba de menos, por lo que la vuelta no era traumática. Al llegar cada inicio de curso, siempre había novedades, dormitorio nuevo, mesa de comedor nueva, algún novato que otro que llegaba al colegio y que iba a ser blanco de las bromas de los veteranos, el cine de los domingos, el señor Puertas que siempre tenían alguna retahíla cuando pasábamos haciendo ruido por la conserjería, profesores nuevos. Tenía más aliciente la vuelta del verano sin duda…

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