La Posá del navajero (cap. 9)


Hechos relevantes que ocurrían en verano

Con el tiempo, aquellos largos veranos en Alburquerque, solían coincidir con algunos hechos relevantes para el pueblo que en aquél entonces empezaba a despertar de su letargo y anclaje en el pasado. Alburquerque era entonces un pueblo atrasado como muchos más de la España que estaba a punto de dejar de ser antigua. No había agua corriente, se arrojaban las aguas sucias por las ventanas, los cubos con aguas fecales y otras basuras se arrojaban en algunos sitios determinados. Por no ir más lejos, las barreras donde hoy se encuentran las letras con el nombre de la población y que en cierto modo han destacado por su singularidad y han sido referente para la gente que ha pasado alguna vez por Alburquerque. Era este  uno de los sitios donde los vecinos del reducto y toda esa parte de casas que se encuentran camino de las laderas, arrojaban sus basuras y aguas sucias. Como mucho, en algunas casas existía un depósito de agua a modo de aljive pero nada más. Estas ya si tenían sus conducciones de agua interna y quizás fosa séptica, pero yo eso concretamente lo desconozco.El king se convirtió para siempre en un inseparable de aquel grupo de niños que jugaban en el corral de la posá.  Uno de los primeros hechos relevantes que yo recuerdo de aquellos veranos, fue el alcantarillado y  la traída de aguas al pueblo. Lo recuerdo especialmente por el sonido contínuo de los compresores de los martillos pilones que hasta entonces eran desconocidos en Alburquerque y que durante  algún tiempo estuvieron presente en vivir cada día de los alburquerqueños. Toda la población se  llenó de zanjas y otra de las imágenes que retornan a mi memoria fue la aparición de esqueletos en la zona del reducto y aledaños de la iglesia de San Mateo. Para los niños del lugar y entre los que evidentemente nos encontrábamos casi todos los que frecuentábamos el corral de la posá del navajero, aquello era toda una novedad y nuestra imaginación enseguida echaba a volar y recreabamos nuestros juegos con fantásticas batallas y episodios de miedo con esqueletos andantes que te perseguían hasta en los sueños. Fue también la época en la que vino al pueblo el que a la postre iba a ser gran amigo nuestro: Chiqui el de las aguas. Serafín que así se llama, igual que su padre que también fue conocido por Serafín el de las aguas, fue durante mucho tiempo conocido por el apelativo que hacía referencia a la profesión de su padre que era el encargado de las obras y posterior mantenimiento del servicio de agua corriente que harían llegar el agua desde el paraje de “Los tres arroyos” hasta el pueblo. Yo personalmente tengo estas obras instaladas en mi mente y siempre las recuerdo en verano, con “la caló” y el canto de las chicharras que procedían de los eucaliptus de las cercanas laderas.

Otro de los grandes acontecimientos que recuerdo en cuanto a obras de grandes dimensiones en el pueblo, es la construcción del edificio del Sindicato. Aquello si que era todo un espectáculo. Multitud de personas se agolpaban en las inmediaciones de la obra para ver como aquella excavadora “Poclain” arrancaba enormes paladas de tierra de las barreras, las descargaba sobre la caja de un camión, este se marchaba a vaciar los escombros a cualquier lugar y le relevaba otro que esperaba a que “la Poclain” llenara su caja. Cientos de personas hacían guardia al caer la tarde para ver aquella enorme máquina, hasta entonces nunca vista en el pueblo, como se iba introduciendo cada día un poco más en aquel enorme hoyo que estaba horadando en la misma ladera de la montaña. Tengamos en cuenta que en esa parte de la ladera no existía tampoco el edificio de “Muebles Regino”, tan solo estaban unas ruinas que las conocíamos como la cochera de Don Daniel y el resto era terreno descampado, sin construir.

Otro de los acontecimientos que recuerdo de aquellos veranos, eran los prolegómenos de la feria de septiembre, que empezaban con el día del petitorio. Hoy en día el petitorio se sigue llevando a cabo, pero no se si tiene en los niños de hoy, la trascendencia que tenía en los niños de aquellos años. Ya desde por la mañana, un gran grupo de niños acompañaba con griterío y jolgorio a la comitiva que recorría las calles y que depositaban las ofrendas en el edificio de “El Chaleco”. Allí siempre había una estupenda “Fanta” o “Mirinda” que te esperaban introducidas en un bidón con hielo paran  recompesar la colaboración de ir con alguna hucha recaudatoria o simplemente de acompañamiento. Luego por la noche en “La Pista”  la subasta, pero eso era ya cosa de mayores, a nosotros nos valía con jugar por sus terrazas entonces abiertas y que incluso comunicaban con la antesala del cine “La Torre”, aun en funcionamiento.Mis amigos vestidos de cabezudos, coordinados por un jovencísimo Pablo Cordovilla. Agachado Caporro el mayor con la cabeza quitada.

Posteriormente llegaba la feria y una vez pasado el día de Carrión, los festejos se trasladaban al pueblo y aquí se producía otro hecho de los que aun recuerdo como si fuera ayer: “Los cabezudos”. Y digo los cabezudos, porque allí no había gigantes, solo cabezudos que salían por las calles y provocaban el pavor entre los niños, pero no solo porque la apariencia de ellos pudiera asustar a cualquier  niño, no, sino porque estos, que me imagino los portarían muchachotes ya adolescentes, se dedicaban a perseguir niños por las calles para arrear cabezazos con todas sus ganas a todo aquel que pillaban por medio. Además te perseguían durante largo tiempo y cualquier puerta de casa que antes en el pueblo todas estaban abiertas, zaguán o corral ajeno podía servir para zafarte de aquellos “mostruos” que como te cogieran por banda, te ponían a caldo. Algunos de aquellos cabezudos de mi época y que yo recuerdo ya que a veces tenían que quitarse sus cabezas para descansar y tomar un poco de aíre, eran los hermanos Piñero. Siempre los recordaré pero no por nada en especial ni por rencor alguno, sino porque ellos eran los muchachos de aquellos años al igual que luego lo fueron mis amigos José Antonio y otros mas, cuando se hicieron mayores. La imágen de la izquierda nos muestra aquella formación en la plaza, coordinados por un jovencísimo Pablo Cordovilla y en la que agachado está Caporro el mayor con la cabeza levantada secándose el sudor. En la misma también se puede apreciar la grasa dejada por los vehículos e incluso una raya pintada que era de color amarillo aúnque en esta imágen eso no se aprecia por ser en blanco y negro. Recuerdo también de las ferias, el lanzamiento de los morteros con sorpresa desde los balcones del ayuntamiento. Aquellos paracaidistas que la mayoría se quedaban colgando de los cables de la luz que por entonces había muchos que cruzaban de un lado a otro de la plaza. Tengo que reconocer que para esto yo era bastante torpe y rara vez conseguía coger alguno. Mis amigos eran bastante más “bichos” que yo para estas cosas, sobre todo Rafalino que siempre se llevaba para casa dos o tres paracaidistas. En la plaza, en la antigua plaza que entonces era un aparcamiento pero que en esos días de feria se despoblaba de coches, se colocaba también una cucaña con su preciado trofeo en lo más alto del palo y que era trepada con destreza o no tanta por los muchachos más mayores. Se celebraba también una curiosa prueba con bicicletas. Era una carrera de destreza ya que no consistía en quien llegaba antes a la meta, sino en quien tardaba más en recorrer un tramo de unos cincuenta metros sin poner los pies en el suelo y sin dar la vuelta hacia atras, lo que de haber seguido su curso pudiera haber sido una buena cantera para practicantes del “trial-sin” o cualquiera de las modalidades del “trial”. Lo demás de la feria, pues un todo igual, coches de choque, “zig-zag”, puestos del turrón y las almendras garrapiñás, la tómbola, las casetas de los pinchitos y poco más, igual que hoy en día.

El ajetreo que había en el andén con la llegada de los autobuses, que aparte de la recordada “Estellesa”, traían y llevaban a familias enteras que habían emigrado unos años antes a otras comunidades como Cataluña, País Vasco o Madrid y que por el verano siempre regresaban al pueblo. Aquellos veranos eran un hervidero de gente siempre en el pueblo y entre aquellos que venían de fuera cada cierto tiempo estaban los primos de mis amigos que venían de un pueblo lejano de Barcelona llamado Ripollet. Con el tiempo el nombre de esa población se instaló en mi subconsciente de tanto oirlo nombrar, que luego llegaría a conocer fisicamente pues no en vano esta población acogió en aquellos años a bastantes familias procedentes de Alburquerque. De allí retornaban algún verano que otro, Vicentín, Fco. Javier al que familiarmente llamaban Cisco y su hermana Mari Conchi (se que me vas tirar de los pelos), pero lo familiar es así. La primera imágen fotográfica que tengo de ellos es con pantalones cortos, camiseta azul con un dibujo de un piloto con un motocicleta y una  leyenda “Montesa viva trial” y vestidito de florecillas cuyo color de fondo no recuerdo bien y  unas largas trenzas su hermana. Sus padres Vicente y la entrañable Quica, daban en aquellos días que permanecían en el pueblo, todavía más jaleo y algarabía a aquella posá del navajero siempre llena de niños. Luego había otros veranos en los que eran mis amigos José Antonio y Rafalino los que se marchaban al lejano Ripollet a pasar unos días,  y durante ese periodo de tiempo les echaba de menos, pero también recuerdo que era cuando jugaba y conocía nuevos amigos de otras zonas no relacionadas con el corral de la posá. Aquí estoy con un choto al que llamaban "Boquiqui", al fondo están mi tía Nico (sentada) y mi madre junto a la burrilla y detrás de la misma incluso se puede ver a "Cachivichi"Todos los veranos y muchas veces coincidiendo con la época en que mis amigos se marchaban, mi madre, mi hermana Herminia y yo, viajábamos hasta la campiña de Valencia de Alcántara, concretamente a un paraje llamado Cajilón que estaba  a unos tres kilómetros por camino de herradura entonces del caserío de La Aceña de la Borrega. Pasábamos  unos días en casa de mi tía Eulalia que por entonces vivía en el campo. Este lugar se encontraba en las inmediaciones de los canchales y en lo que hoy en día es una de las varias rutas de los dólmenes que se encuentran señalizadas en el municipio de Valencia de Alcántara. “Las Antas” le oía yo decir a mi tía cada dos por tres y alguna de ellas incluso se hallaban dentro de la finca propiedad de mis tíos. Otras se encontraban en la de vecinos y además eran utilizadas como redíl para guardar cabras u ovejas. Junto a aquellos paisajes casi de la prehistoria, imaginaba yo más de una batalla entre aquellas piedras, de indios persiguiendo diligencias de vaqueros con pistoleros apostados entre las piedras que pegaban tiros “peñumm” a todo lo que se movía. Las victimas ocasionales de tales batallas eran las ranas que poblaban ambos márgenes del arroyo de Cajilón y que en los primeros tiempos eran victimas de un estupendo tirachinas o tirapiedras como le llamábamos en el pueblo y luego esta costumbre siguió pero el arma fue sustituída por la carabina de aíre comprimido de marca “Norica” que mi madre me compró años más tarde. Al caer la tarde era toda una aventura conducir el rebaño de cabras desde las “tapás” de Cajilón hasta la finca donde estaba la casa y las chozas que servían para guardar el ganado. Con el tintineo de las esquilas acompañando el caminar caprichoso de las cabras y por detrás mas pausado de las vacas, llegábamos a las chozas donde eran recogidas, con la inestimable ayuda de “Cachivichi”. Era esta una perra de esas de campo, sin raza ni nada, pero que era más fina que el coral. Una vez encerrado el ganado, mi tío Vicente procedía a ordeñar las cabras. Más de una vez intentó enseñarme esta labor, pero tengo que reconocer que siempre he sido muy negado para estas cosas del campo y núnca aprendí a ordeñar ni cabras ni vacas  por más que lo intenté. Por la noche alrededor de la lumbre y mientras cenábamos se oía de vez en cuando el aullar de las zorras, cosa que a mi tía Eulalia ponía descompuesta y empezaba a proferir toda clase de insultos hacía el misterioso animal todo ello motivado por el temor de que en cualquier momento le pudiera asaltar el gallinero y llevarle alguna gallina, cosa que ocurría con frecuencia. La lumbre daba también para conversaciones de mayores y para escuchar de fondo casi siempre los “partes” de Radio Nacional y alguna vez que otra se sintonizaba una emisora de la que yo no oía hablar a nadie en Madrid, que era “La Pirenáica”.

Al pasar mas o menos una semana o un poco más, repetíamos el ritual de la ida y a lomos de los burros de mi tía Eulalia volvíamos a recorrer los tres kilómetros que había hasta el caserío de La Aceña donde nos esperaba en la mayoría de las ocasiones Ángel Machaco con su taxi para llevarnos otra vez hasta Alburquerque. El verano era largo y cálido como siempre en nuestra Extremadura, y en Alburquerque y su entorno seguían ocurriendo anécdotas  importantes, y en uno de esos, abrió sus puertas “Lecanró”, pero eso ya es otra historia que llegará en otro capítulo.

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9 pensamientos en “La Posá del navajero (cap. 9)

  1. Bueno no se te he comentado alguna vez que no consigo leer en la pantalla del ordenador mas de 5 minutos seguidos, la verdad que prefiero el papel.
    Pero tu eres la excepción y has conseguido mantener mi atención con esos recuerdos que en definitiva son los de la mayoria de los que de niños hemos “tenido” pueblo. Y que tu con esa prodigiosa memoria nos acercas con tus relatos como el de la Pirinaica, que llevan consigo una serie de matices que son dificiles de describir pero que tu lo consigues.
    Nada mas que un abrazo y cuando quieras hacemos unos km. en bici

    • Gracias Nino, comentarios como el tuyo es lo que te empuja a escribir el siguiente artículo. He tardado bastante entre el 8º y 9º pero ahora no dejaré transcurrir tanto. Tenemos pendiente esa ruta desde “El Jiniebro” donde nos esperan los dólmenes.

  2. Hola Manolo. eres una persona entrañable, de las que escasean.
    Nunca me ha gustado remover el pasado, pero lo cierto es que ha pesar de ello tu consigues que lo haga y no pueda prescindir de leer tus recuerdos, que en cierta medida son los recuerdos de todos los que tenemos una edad semejante y hemos vivido en el mismo pueblo.
    Me impresiona la capacidad que tienes para recordar y plasmar aquellos momentos, reconozco que no soy una persona con buena memoria pero lo tuyo da la sensación de que lo hubieras escrito entonces.
    Te animo a que sigas haciendo aquello que te guste, será bueno para ti y para los demas.
    A ver si nos vemos cuanto antes para que podamos seguir haciendo historia, y que mañana merezca la pena contar.

    Un abrazo

    Manuel

    • ¡Gracias Manué!
      Creo que vivimos una época que la debemos recordar. Crecimos siendo testigos de una historia llena de cambios y ante todo fuimos niños que jugamos solos en la calle, los campos, las murallas y muchos sitios sin la supervisión ultraprotectora de hoy en día. Por eso debemos sentirnos orgullosos de haber tenido una niñez envidiable y sobre todo de haber tenido pueblo como dice el amigo Nino en el post anterior.
      Gracias por echarle parte de vuestro tiempo a leer estas historias que para mi son bastante entrañables.

  3. Sigue con las historias de la posa del navajero, pues me estoy enterando de muchas cosas, aunque de muchas me acuerdo porque las vivi en primera persona, pero hay algunas que se me van de mi memoria. Desde luego son historias entrañables sobre todo para nosotros que viviamos en esa posá y de las cuales hay muchas inolvidables. Estas historias pasaban tanto en verano como en invierno.Tu has hecho que volvamos a recordar todos aquellos momentos que no volveran nunca más. Muchas gracias “Manu” en hacernos pasar estos ratitos tan agradables recordando nuestra niñez.Mi madre te agradece con toda su alma que escribas donde nos criamos y como viviamos; cada vez que lee un capitulo nuevo, dia que lo lee, dia que llora.Besos

  4. yo todo esto que cuentas no lo he vivido… recuerdo el sindicato ya hecho y recuerdo cuando Regino trasladó los muebles allí al lado.
    Recuerdo la feria de Mayo.. y como no, el peditorio de la Virgen, las huchas del Domund¿las recuerdas? siempre eran de un negrito o un chinito..
    Recuerdo los veranos sin agua porque no había depuradora y lo que salía era puro barro,y también el camión repartiendo agua al final de mi calle.
    Recuerdo las tardes jugando en el reducto , las bicis y lo que me costó aprender a montar en ella…
    Recuerdo los paseos por el And´´en y los polos de 10 pesetas que comprabamos donde Pache…

    Gracias por abrir ,siempre ,la caja de los recuerdos

    Besos

    • Gracias Mariló por estar ahí como siempre. Seguramente todos estos hechos que se narran pudieran ocurrir en torno a diez años antes de la fecha que tu recuerdas. Después de construirse el sindicato, estuvo unos cuantos años el solo sin tener adosado el almacén de muebles y la casa de Regino. En mi época los polos costaban 5 ptas. y solíamos comprarlos en casa de Josefina, en la Valeriana o en cá Juana “La Barbera” en la calle de La Alameda. Pero anteriormente yo todavía conocí los polos “de agua del poso” como decía la gente de “La Jijonenca” que estaba en lo que hoy es la academia de informática o la farmacia, no me acuerdo muy bien. Un besote grande

  5. Hola, Manolo.
    Por aquello de fiscalizar los escritos que llevan mi firma y lo que sobre uno se publica, hacerse público en este caso en internet, mantengo activo el servicio de alertas de Google con mi nombre. Por este motivo, y gracias a la foto de los cabezudos, cuál no sería mi sorpresa cuando he descubierto tu relato y con él la susodicha foto, todo un tesoro que, por supuesto, ya forma parte de mi álbum particular.
    Enhorabuena por tus escritos, la memoria es frágil (aunque algunos la tenéis afortunadamente de elefante) y por ello tiene un valor añadido lo que en ellos relatas, en algunos casos con exquisita pulcritud, haciéndonos partícipes a tus coetáneos, y sin embargo amigos, de aquella infancia compartida.
    Un abrazo amigo, ojalá nos resten muchos buenos momentos, de risas y algo más, que pasar juntos.

    Pablo Cordovilla

    • Gracias Pablo por tu comentario. Esa foto hace tiempo que la tenía en mente para insertarla en uno de los capítulos de “La Posá” y desde siempre le he tenido un cariño especial. Hablar de los cabezudos es todo un recuerdo de aquellas mañanas luminosas del mes de septiembre con aquellos seres que se movían de forma caprichosa algunas veces, sobre todo en los primeros años los recuerdo al son de la banda de música que posteriormente desapareció. Los cabezudos siguieron unos años más. En la foto se puede apreciar como algunas cabezas estaban sujetas por cuerdas pues estaban partidas a la mitad, llenas de abolladuras y en general bastante deterioradas ya en esa época. Ya no recuerdo a partir de ahí, cuantos años más duraron esos cabezudos saliendo a la calle. Me alegro que te haya gustado y seguramente a más de uno o una le habrá supuesto la misma sorpresa encontrarse de repente con los “siembrapavores” de su infancia.

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