La Posá del navajero (cap. 2)


De Tarzán a la Luna

Aquellos años primeros de mis contactos con Alburquerque, aparte de haber nacido allí, son imágenes que consigo recordar vagamente y posiblemente se entremezclen en le tiempo, ya que entonces vivía en Las Huertas de Valencia de Alcantara y de vez en cuando pasaba temporadas con mis tías antes de venir a vivir definitivamente al pueblo, pero ya desde entonces tuve contacto con la Posá del navajero y su entorno.

Antiguo puesto aduanero de Puerto Roque poco tiempo después de ser inaugurado.

Hay que decir que alrededor de la posá del navajero, existía un pequeño mundo que era el nuestro. La plazuela de San Mateo formaba parte también del entorno de la posá, era como una extensión de la misma. La puerta de la posá estaba siempre abierta, como muchas casas antes en el pueblo y nosotros entrábamos y salíamos de la misma con facilidad y tan pronto estábamos en el corral o en la puerta y plazuela. Me acuerdo perfectamente de la entrada, con el zaguán, con su correspondiente pozo de canal debajo de la escalera, luego seguías por un pasillo abovedado en forma de “L” y ancho que daba acceso al salón de principal por el que se accedía directamente al corral y un poco más adelante otra estancia a la que se accedía por un arco y la cocina donde se encontraba casi siempre el señó Manuel “el mama”, removiendo las áscuas de la lumbre con su vara y la colilla en los labios. El corral de la posá estaba a su vez poblado de todo tipo de animales, pollos, gallinas, perros, gatos, cerdos en sus cochiqueras y entre otros unos gansos a los que les teníamos un respeto tremendo porque no era raro el día que intentaban picarte.

 El corral tenía sus cuadras entrando a la derecha y también por allí se accedía a la azotea que estaba medio en ruínas y los pajares que eran justo lo que hoy es la parte trasera del taller de Felipe Gamero, hoy en día regentado por sus hijos. En la azotea era donde pasabamos gran parte del tiempo que nosotros estábamos en el corral, desde allí se divisaba la carretera de Badajoz y los conejeros, la sierra de Santa Lucía, y la calle de Carrión.

José Antonio, los gansos de la posá y yo en el corral de la misma.

En la azotea ocurrían cosas, muchas cosas y entre otras contaré en otro cápitulo dedicado a los juegos de niños de esa época, una graciosa anécdota que ocurrió jugando a los indios.

Al salir por la puerta de La Posá, justo en la esquina de lo que hoy es la agencia de viajes “Anibal”, existía un pollo para sentarse que era conocido como el de la señá Antonia que era una mujer que tenía una tienda de ultramarinos. La señá Antonia era prima de Francisca y de Fausto que vivían por encima de la posá del navajero y estos eran los únicos poseedores en aquellos tiempos de una televisión en blanco y negro, por lo que en ese lugar nos juntábamos a ver la tele todos los vecinos de la calle y era curioso pero en una pequeña habitación que luego con los años te das cuenta que era un espacio mínimo, nos podíamos juntar entre siete u ocho adultos y otros tantos niños que nos sentábamos escalonados como si de un equipo de fútbol se tratara. La llegada del Apolo XI a la luna era todo un acontecimiento que era seguido en aquellos días de 1969 con gran expectación y todo tipo de comentarios uno de los mas usuales era que aquello era un montaje de los americanos, cosa que no sería de extrañar después de ver cuando te haces adulto de la cantidad de manipulaciones que puede haber en los medios de comunicación. No era extraño tampoco que aun no estando ellos viendo la tele, los niños de aquella plazuela nos dejábamos caer, a eso de las seis de la tarde que daban la serie de Tarzán protagonizada por Ron Ely y preguntábamos en voz alta por la puerta entreabierta…¿Francisca, no está puesta la tele? Y la buena mujer, si la tele no estaba puesta, venía y nos la encendía para que nosotros viésemos a  Tarzán con su legión de negros porteadores de bultos en la cabeza que siempre acababan cayendo por la montaña sagrada y los bultos pegando unos botes que parecían de goma, cosas de la tele, je,je. Toda una sucesión de imágenes en blanco y negro de la época con series como “El virginiano”, “Bonanza”, “Los invasores”,  “El doctor Marcus Welby”, “Ironside”, programas como “Valentina, el capitán Tan y Locomotoro” con los inolvidables “Hermanos Malasombra” que eran malos de verdad.

 

Mi tía Nico con Juanitín, Japaca y José Antonio en la azotea de la posá.

En el pollo de la señá Antonia se sentaba la gente al fresco al caer la noche en verano, allí se veía pasar el trasiego de gente que retornaba al pueblo después de realizar labores en el campo, se observaba también los movimiento que ocurrían en la Inspección de la policía municipal que entonces estaba en la parte trasera del ayuntamiento y como ruido de fondo el bullicio de las tabernas próximas que era la del mismo Fausto que estaba justo al lado de la tienda de la señá Antonia y un poco más allá la conocidísima del pueblo de aquellos tiempos que era la taberna de “El Lunes”, que era atendida en aquellos tiempos por el señor Bernardo “El Lunes” e Isaac, su yerno y marido de Encarna, padres a su vez de Quini que era amiga intima de mi hermana Hermi y que era otra de las niñas del corral de la posá del navajero, más tarde se uniría también su hermana Mari, un poco más pequeñas que nosotros y un poco más alejada estaba otra taberna llamada “El Cuadro”. En aquel pollo se solían sentar, la propia señá Antonia, Encarna, mi madre, mis tía Nico, porque ya entonces mi tía Felipa trabajaba hasta tarde, Conce, la madre de mis amigos Jose y Rafi, su hermana Rafaela la madre de Japaca y Juanitín que ya había retornado de Alemania, quedando en aquellas frías tierras su padre, el inolvidable Juan unos años más hasta que regresó a España y trabajó siempre a las ordenes de Cabanillas en el cortijo de “La Notaria”, Paula “la riscal” a la que nosotros siempre hemos llamado Paulita, sus hijas Jacinti y Angelita también eran de los niños de la plazuela y el corral de la posá y alguien más que me puedo dejar en el tintero. Todavía recuerdo una anécdota con la gente del pollo y es que una tarde mi amigo Rafalino y yo nos dedicamos a recoger avispas que se caían de un panal que había en una grieta de la pared de la iglesia de San Mateo y después de tenerlas en una caja, por la tarde antes de que la gente se sentara al fresco, las fuimos metiendo en un hoyo que había en el pollo y las tapamos con un cartón atado con un hilo y cuando la gente estaba sentada tomando el fresco, nosotros desde un extremo tiramos del hilo dejando las avispas al descubierto y estas sembraron el pánico entre la gente que salieron corriendo asustados y algún que otro picotazo.Como digo, eran unos años de austeridad  y era curioso que de casi todos aquellos niños, la mayoría no teníamos padre, ya que unos habían fallecido antes, (mi propio padre que falleció en esos años), Isaac, el marido de Encarna también falleció en esos años y era un tanto curioso puesto el que lo tenía, estaba emigrado en aquellos años a Alemania. Pero esa circunstancia, nosotros no la notábamos, nosotros nos empapábamos de juegos en aquel corral y por supuesto algo que no nos faltó nunca fue el cariño de nuestras familias, prácticamente hacia todos en conjunto pues era un vecindario entrañable y tanto podían querer mi madre o mis tías a mis amigos como sus madres o familiares a nosotros, había algo especial en aquella relación de amistad, era mucho más que de propia familia, todo era de todos, sus casas, mi casa, mi casa la suya, siempre estábamos juntos como hermanos.

Primera comunión de Japaca, con todos celebrando en el salón de la posá, menos este que suscribe que se encontraba por los madriles.

Toda una gran familia en la que curiosamente faltaba yo, que por esos años ya me encontraba en el colegio de Madrid y retornaba a Alburquerque todas las vacaciones, pero en esta imágen superior tomada en el salón de la Posá del navajero durante la celebración de la primera comunión de Paqui en la que se encuentran los niños, Paqui la de Martín, mi hermana Herminia, Rafi, José Antonio, Juan, Petri y Macu, en la fila superior están de pie, Felipa, esposa de Martín, su hija mayor, Emilia, la madre de Juán y abuela de Paqui, Juán, Pepita con Juán Andrés en los brazos, Rafaela y Conce, sin duda una gran familia. Todos ellos sin duda eran también mi familia, la de mi madre, mis tías, la nuestra de mi hermana allí mismo en esos años y la mía en la distancia ya por esos años en Madrid, pero antes de eso pues mi marcha a Madrid fue en el otoño de 1970, antes habíamos visto en la tele de Francisca como Neil Amstrong pisaba la luna y decía aquello en “guachi, guachi” de que era un gran paso para la humanidad.

Continuará en otro momento…

 

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