La posá del navajero (cap. 10)


Equipo de infantiles del colegio. Yo era mucho más grande que todos mis compañeros de edad.“Recuerdos setenteros”

Siempre me solía ocurrir que cuando se estaba acabando el verano ya me entraban ganas de volver a Madrid, a reunirme otra vez con los compañeros del colegio y escuchar las aventuras que a cada uno le ocurría allá por sus respectivos destinos en los que pasaban sus vacaciones. En el colegio de Madrid, cada uno de los amigos éramos de sitios distintos. Algunos paisanos o de poblaciones próximas y solíamos coincidir en el viaje de vuelta que normalmente se hacía en tren. Los preparativos de este viaje eran todo un ritual, pues hoy en día el ir de Alburquerque a Madrid o viceversa, supone si lo haces en coche, entre tres y cuatro horas pero antes era cuestión de horas, muchas horas y a lo mejor media jornada echabas en ello. Solía ser este viaje en tren menos en las vacaciones de Semana Santa que lo hacíamos en Auto-Res. El viaje en tren, la verdad es que no se ha reducido en mucho tiempo en todos estos años, hoy en día es también un suplicio de horas para ir de Badajoz a Madrid pues a diferencia de las carreteras que si cambiaron realmente con la estupenda autovía en que quedó convertida la N-V, la vía férrea no ha cambiado su trazado y muy poco se ha notado la mejora en estos años. El antiguo tren expreso Badajoz-Madrid, salía de la capital pacense a las 23’00 horas y tenía prevista su llegada a la capital de España sobre las 8’00 horas siempre que no llegara con retraso que era lo habitual.

Primeras unidades de autobuses "rojos" en los años 70De estos viajes siempre recuerdo con nostalgia en aquellos en los coincidía con mi amigo “Ramos Ojalve” como le decía mi madre que como casi todas la madres han tenido un empeño siempre en llamarle por “sus nombres” los que ellas les ponen, a toda una lista de nombres que para ellas se hacen impronunciables si no es a su manera. El caso es que mi amigo se apellida Ojalvo y viajábamos juntos ya que su madre le dejaba por encargo a la mía cuidar de él hasta su llegada al colegio. Cuando el tren paraba en Mérida, poco tiempo después de salir de Badajoz, Ojalvo corría a cerrar las cortinas del compartimiento, apagar la luz del mismo y hacer como si no estábamos, pues en esta estación esperaba una mujer que viajaba a Madrid a llevar a sus hijos, que estaban internados en el mismo colegio que nosotros y que de una punta a otra del vagón a voz en grito nos llamaba: ¡Huérfanos! Esta mujer no paraba de hablar en todo un viaje de Mérida a Madrid, lo cual significaba toda una noche de “brasa” que intentábamos evitar a toda costa si ella al no encontrarnos, se situaba en otro compartimiento de aquellos trenes que hacían pasar unas cuantas horas a cuatro pasajeros frente a otros cuatro y que en cierto modo promovían la conversación. En el colegio de Madrid empecé a vivir aventuras diferentes a las vividas en Alburquerque. Los nuevos compañeros, los castigos típicos de un internado, los deportes de colegio en los que nunca fui bueno, el compañerismo, “el todos a una como en Fuente ovejuna”, en definitiva a crecer a la vez que mis amigos lo harían en el pueblo.

Portada de la revista "Pronto" en la que figura que costaba 10 ptas.Llegar a Madrid en aquellos otoños de los años 70 suponían para cualquier niño que iba creciendo a la par que pasaban aquellos años, un montón de novedades que se reflejaban al cabo de la calle en incipientes anuncios que veías por todas partes, en marquesinas de cines, teatros, en paradas de autobús, en los mismos autobuses en sí, en la incipiente tele, aunque nosotros en el colegio teníamos poco tiempo para la tele ya que esta era comunitarias en un gran salón y solía estar reducida al fútbol los miércoles por la noche y algún programa infantil que ponían los sábados por la mañana en TVE que era la única que había. La estética de los años 70 se imponía por todos lados, miraras donde miraras.

Los domingos era el día en que mi madre me recogía en el colegio y lo pasaba entero con ella. Trabajaba ella por entonces en una casa cerca del mismo y también de lo que luego ha sido para uno de los sitios de referencia de Madrid: El estadio “Santiago Bernabéu”. Para un niño de aquella edad, pasar cada domingo por tarde alrededor de el mismo suponía cierta curiosidad y por eso preguntar mas de una vez, por qué entraba tanta gente en aquel recinto, así que mi madre para colmar mi curiosidad y recuerdo por las fechas, tendría yo diez años, compró ella dos entradas para un partido y le pidió a mi paisano Zapatero, que era como conocíamos a José Luis, un muchacho de Badajoz y unos cinco o seis años mayor que yo, que me llevara al fútbol. Ese fue uno de estos momentos que influyen en tu vida para siempre y yo a partir de aquel día fui madridista para los restos. Con el paso de los años y ayudándome de las hemerotecas he conseguido saber la fecha exacta del que fue mi primer partido de fútbol en el estadio del que hoy en día soy asiduo, pues desde hace algunos años soy socio del Real Madrid. Aquel 14 de mayo de 1972 se jugaba la última jornada de la liga 1971-72. Cartel del partido Real Madrid - Sevilla de 1972

El año anterior el campeón había sido el Valencia C.F. y ese año llegaron a la última jornada en una posición en la que el Madrid, dependía de si mismo, pues ganando al Sevilla quedaba campeón de liga, pero si empataba o perdía y el Valencia ganaba, repetiría campeonato el equipo valenciano. Por su parte el Sevilla si perdía, bajaba a segunda división, y así ocurrió. Ganó el Real Madrid por 4-1 y se proclamó campeón de liga. Fue impactante para mí ver todo aquel espectáculo en aquel estadio que aunque en el mismo sitio hoy en día no tiene nada que ver en cuanto a su apariencia actual. Recuerdo especialmente como antes del partido, todas las peñas que venían de fuera, pasaron por el césped del estadio dando la vuelta con sus pancartas y saludando a D. Santiago Bernabéu que vio el encuentro en un sillón tipo de despacho, que le situaron a ras de césped y entre los dos banquillos, justo donde hoy se encuentra el banquillo del cuarto árbitro. Una situación por cierto hoy en día impensable, claro.

El entonces portero suplente Miguél Ángel y el centrocampista Zunzunegui, integrantes de aquel equipoAl llegar las navidades tocaba regresar otra vez a Alburquerque y por supuesto a repetir el ritual que ya he explicado en otros capítulos. Pero aquel año la llegada a Alburquerque fue diferente. Me esperaban como siempre, José Antonio, Rafalino y “el King” que era el primer sitio al que me iba a dirigir. Al entrar en el salón de la posá, como siempre la alegría exaltada de ellos mientras el perro saltaba y me mordía los bajos de los pantalones que era su forma de darme la bienvenida. Pero una sorpresa me tenían reservada en el corral al que me hicieron llegar por la puerta de la cocinilla y con una especie de cortinas que tenían puestas en las cuerdas de tender la ropa, hicieron como la apertura de un nuevo escenario: La cabaña de José Antonio. Porque aunque la habían construido entre los dos, aprovechando la renovación de los antiguos confesionarios de la iglesia de San Mateo, las tablas, puertas y retales sobrantes de los antiguos y recortes de los nuevos, que había llevado a cabo Andrés el carpintero. Con unas burrillas de las que utilizaban los albañiles para construir andamios, plásticos y otros enseres, habían construido la cabaña que iba a ser nuestro refugio durante todas las vacaciones. Allí íbamos a pasar la práctica totalidad de las horas del día. Con nuestra hoguera permanentemente encendida con lo que imagino que al llegar a casa debíamos ir oliendo a humo como para echar para atrás.

En esta cabaña del corral se empezaban a fraguar los primeros secretos que dan paso a la adolescencia. Los primeros y furtivos encuentros con lo prohibido, con algo que en aquella edad empezaba a despertar la curiosidad de los niños, el acceso a los primeros cigarrillos aprovechando la impunidad del escondite. José Antonio construyó en el interior de la cabaña y aprovechando un agujero en los bloques de la pared contra la que se adosó, que enseguida la llamó “caja fuerte”. Para ello empleó un doble fondo en el que se ocultaba en paquete de “Celtas” con filtro y que una vez tapado con una lata, encima se podía colocar cualquier otra cosa, tenía una especie de trampa en la que al intentar quitar la tapa, te caía una piedra de punta en lo alto de la mano.

          Había descrito con anterioridad esta cabaña como la de José Antonio, y la razón de esto es que como casi siempre por aquel tiempo, Rafalino siempre quería ser algo más independiente y decidió por su cuenta, construir otra cabaña un poco más abajo y adosada a una de las piedras que soportaban la azotea de la posá, con unos tablones y unas uralitas sobrantes de alguna de las obras que por allí se hacían. En aquel corral siempre había objetos miles para recurrir a ellos para hacer cualquier cosa. La cabaña de Rafalino duró poco, ya que uno de los días y al hacer lumbre en el interior de la misma, se prendieron unos sacos y telas que había puesto a modo de cerramiento y salió ardiendo. Al poco tiempo éste decidió que lo mejor era volver otra vez a la cabaña de José Antonio. Por aquella cabaña pasaron durante aquellas navidades todos los amigos y amigas que frecuentaban el corral. Pasábamos horas y horas en ella. Realmente a estas alturas de mi vida no consigo ya recordar concretamente de que hablábamos, pero si que pasábamos muchas horas tramando planes y mientras tanto “el King” dormía bajo las burrillas. 

Imágen de las obras de construcción de la archiconocida M-30

 Empezaban en aquellos años a instalarse en nuestro imaginario, objetos publicitarios, obras emblemáticas y otros hitos significativos que iban a marcar la época. La construcción de la M-30 que ocupó parte de los terrenos que nosotros en el colegio llamábamos: “Los pinos”, que pertenecían al colegio en a donde los domingos por la tarde nos llevaban los cuidadores. Toda la zona que hoy ocupa el conocido nudo de Costa Rica justo a la bajada de la piscina “Stella” fue en su día ocupada por las máquinas de obras que arrasaron todos aquellos pinares y nos privaron en aquel tiempo de un cachito de campo en Madrid. Para una mayor ilustración imaginaria de esos años 70 os dejo en la parte inferior unas cuantas fotos que no he insertado en el artículo pero que si quiero recordarlas porque para mí, me resultan entrañables.

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7 pensamientos en “La posá del navajero (cap. 10)

  1. Ya echaba de menos “la posa del navajero”…

    Me encanta!!!!!

    Gracias por llevarme a mis años de infancia en este capítulo, porque yo ya vivia en costa rica y me acuerdo de las excavadoras, de los pinos y de las cabras que iban a pastar a los pinos!!!!!

    Cuantos años han pasado eh?

    Besos. Cuidate

    Ampa

  2. Cuantas cosas diferentes en el mismo Madrid. Yo llegué en el año 1971… desde Chile, el primer sock fue el invierno y la nieve. En mi ciudad natal, La Serena, el clima es como el de Canarias… siempre cálido. Supongo que por eso para mi Madrid siempre ha sido un poco triste… un lugar del que huir. Ya ves, tu siendo extremeño te has quedado por allá… y yo buscando mis orígenes ahora vivo cerca de los tuyos.

    Gracias por compartir tantas vivencias.

    Cariños,

    • Es curioso, pero una de las anécdotas que me llamó la atención, fue el comentario que me hizo alguien de Ecuador, que al llegar en invierno a Madrid, le llamó mucho la atención como los árboles habían perdido las hojas, realmente creía que estaban enfermos. De todas maneras, no se como será en La Codosera, pero en Alburquerque los inviernos son bastante crudos, sobre todo por la humedad. Esas nieblas que se meten por entre la ropa…

  3. Me acuerdo perfectamente de la “caja fuerte” de la cabaña, lo que no pude ni quise comprobar nunca es si era cierto lo de que te caía una piedra de pico encima de la mano la verdad es que aquello imponía, pero recuerdo a José Antonio sacando el paquetino de tabaco de allí dentro.

  4. Decirte que he leido todo aquello que me has enviado, lo que me ha dado una idea mas aproximada, a lo que en estos momentos estas haciendo. Leo con mucho alegria lo que escribes, no tanto en si por las anecdotas que me son lejanas, sino el percibir el empeño y la alegria que en ellas pones al contarla.

    Ni que decir tengo, que me considero parte importante de una etapa de tu vida (lease:Buen compañerismo y mejor Amistad. Sra Carmen). Por este motivo me alegro que todavia estes relatando los años 70 y si he de ser honrado que Dios te de mucha vida y que no salgas de los setenta.

    Un abrazo y sigue asi.

  5. No puedo comentar nada de La posá, pero si recordar que eras un trasto, y también al bueno de Andres, si que lo recuerdo. Sigue contandonos estas historias que la verdad es que yo disfruto un rato.
    Un beso

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