Se nos van “diendo”


Hace unos días que falleció el ilustre escritor vallisoletano Miguel Delibes. Desde entonces para acá, en múltiples informativos de los diferentes medios, tanto en televisión, radio, prensa escrita e internet se ha ido desgranando y ensalzando la figura de uno de los mejores escritores españoles contemporáneos.  De él se ha escrito y dicho en estos días mucho y no voy a ser yo ahora el que “descubra las Américas” escribiendo sobre Delibes. Pero si escribiré sobre la gente que nos rodea y poco a poco se nos van “diendo” como dicen en mi pueblo. Contemporáneos que conviven con nosotros y que un buen día se van para el otro barrio. Con un escritor se marchan con él y a la vez se inmortalizan sus obras. Con Delibes se marchan entre otros “La Régula”, Paco “el bajo”, el Azarías y la milana bonita de “Los Santos Inocentes”. Cito a estos personajes porque me tocan de cerca, tan de cerca que ya en su momento escribí en este blog sobre esta película que basada en una novela del escritor con igual nombre y que describió de forma tan magistral estos personajes. Con ellos se fueron también en diferentes fechas Paco Rabal y Juan “El Barruntas”. En el relato anterior refería la relación de estos dos con mi tía Felipa y con Alburquerque, pero hay más en ello y concretamente al tiempo que como dicen, nos vamos “diendo”. Han pasado más de veinticinco años de aquella coincidencia y del rodaje de la película y uno todavía cuando la ve, siente las emociones que siente al verla y también, nostalgia. En ella salen algunos actores “extras” que son del pueblo y que también nos han dejado como los protagonistas. De aquellos tiempos de los rodajes cuando uno visitaba “Tegamar” en los años posteriores y antes de que este sitio cerrara sus puertas hace un dos o tres años, no podía dejar de fijarse en la foto de Martín Bargón saludando a Paco Rabal y un niño a los pies de los dos que hoy pasados los años, es ya todo un hombre hecho y derecho, “el mangutino”. No nos queda ya “Tegamar” para ver la enorme foto que Martín mandó colgar en la pared y no nos quedan ya muchos de estos personajes que se han ido “diendo” y que poco a poco  ya tan solo retienes en tu memoria. Con ellos se van también a la vez, los años de tu vida. Muchas veces me he preguntado sobre esto de la muerte y me acuerdo entonces de alguna conversación mantenida en su día con el abuelo de mi esposa cuando el hombre se sentaba al fresco en la puerta de su casa a ver pasar el tiempo. Tenía noventa y dos años por entonces y una cabeza totalmente lúcida. Le preguntaba yo, por qué no salía a dar un paseo aunque fuera corto, pues había poca distancia desde su casa hasta la misma plaza y me parecía a mí, que lo más adecuado para una persona mayor que podía andar, era darse un paseíto todo los días, aunque fuera corto. Entonces él me hablaba con cierta pausa y con esa contundencia que da la experiencia de la vida y me decía: -Mira Manolo, la vida es como una carrera de ciclistas. Cuando un pelotón llega a un puerto de montaña, empiezan todos a subir juntos al mismo ritmo. Poco a poco y cuando han pasado unos kilómetros, el pelotón empieza a perder unidades, más adelante se va quedando un grupo de los elegidos, pasados más kilómetros queda un grupo reducido y al final uno o dos son los que saltan y llegan solos, pero de ellos, tan solo uno es el ganador. Pero si hay una diferencia entre una carrera y otra, en esta de la vida, nadie gana. Hubo en posteriores conversaciones otras explicaciones de gran contundencia también que al final te hacían pensar que tal vez lo mejor era eso, esperar sentado en momento de “dirse”. –Cuando yo salgo ahí fuera, el más joven que me sigue a mí, le saco diez años, los demás que estaban entre él y yo, ya se han ido todos- Seguía explicándome, que al principio de la vida tú vas viviendo en el mismo plano con tu familia más directa, con tus amigos de la infancia, con los compañeros de colegio, con los nuevos compañeros y amigos que vas conociendo a lo largo de la vida. Asistes a actos sociales como las comuniones, bautizos etc. Después empiezas a ir a bodas de primos, amigos, y demás allegados. Al cabo de un tiempo vas a bautizos y comuniones de sobrinos e hijos de amigos, luego, con el tiempo, empiezas a asistir a bodas de los hijos de tus contemporáneos, pero casi a la vez, empiezas ya también a asistir a entierros de alguno de ellos que fallece digamos de forma prematura a lo que hubiese sido lo lógico. Poco a poco casi sin que te vayas dando cuenta van cayendo otros y ahí sigues tú que a la vez también empiezas a pensar que cualquier día tú vas también “palante”. Al cabo de unos años, cuando una persona consigue llegar a esas edades, ha ido perdiendo en el camino a todos los demás que en su día le acompañaron y que iniciaron juntos su andadura en la vida. Con el tiempo y tal como él decía, solo le quedaba sentarse tranquilo en la puerta de su casa, al fresco y esperando tan sólo a “la de la guadaña”.

El otro día llegó a mis manos el último ejemplar de “Azagala” y leyendo en sus páginas que había fallecido Baldomero. Este nombre no es para mí el de una persona más de las que en los sucesivos números de la revista te vas enterando que nos  dejan o porque te lo comunica tu familia que vive en el pueblo. Digo que no es para mí un nombre más y no porque tuviera una especial relación con él, tan solo le conocía como una persona más y como era habitual en él lo de saludarte cordialmente cuando se encontraba contigo. Baldomero ha sido de esas personas que yo he visto siempre en el pueblo. En todas las etapas de mi vida. De niño le recuerdo en la panadería, posteriormente en el bar “Castillo”, más tarde en el coro del medieval etc. Es decir, un persona contemporánea que como tantas otras por citar a algunas más, han sido el mismo Ciri, Cipri el de la pensión, Rafael Gutiérrez, Martín Bargón, Juan el de Rafaela, Felipe Gamero el del taller de al lado de mi casa, amigos como Vicen o “Sisco”, en el ámbito familiar mi tía Eulalia y más de los que ahora mismo no recuerdo pero alguna vez he recordado y que han formado parte de ese crisol de imágenes en los que puede resumirse alguna vez la vida de uno, como bien pudiera recogerse en una especie de documental. Esto es en lo que concierne a personajes ligados a Alburquerque, porque sin duda la vida es mucho más extensa y todas estas vivencias se te pueden dar con otros recuerdos vividos en otros puntos por donde hayas  ido pasando. Al final de todos ellos nos queda su recuerdo pero te das cuenta como se han “ido diendo”, con mucho impacto en el momento de ocurrir, pero luego con el paso del tiempo que como dicen “todo lo cura”, queda tan solo en una imagen, en un recuerdo fugaz en tu subconsciente y a la vez te hace decir a ti mismo: “Voy tirando”. Como ellos, por ley natural, nuestros mayores “se nos van diendo” poco a poco y asumimos esa realidad que de vez en cuando se salta el orden natural de la vida y entonces nos sobrecoge un poco más, para eso no se suele estar preparado, pero para “lo otro” con los años nuestra misma mente, quiero estar convencido de que es así, nos va preparando para afrontar la llegada de “la de la guadaña” con naturalidad. Nos queda a los que estamos aquí recordarles con cariño, y a la sociedad en sí recordar a los fueran notorios y dar testimonio con homenajes, placas o calles a generaciones venideras para que quede constancia de su aportación a esta nuestra vida. En algún lugar se juntarán Delibes, Rabal, Barruntas, La Regula y el Azarías con mi tía Eulalia, con Baldomero, con Vicen, con Sisco, con “el Felixín”, con tantos y estos otros que se nos han “ido diendo” y volverán a formar el crisol de imágenes de una vida mezclada en color y blanco y negro. Me entra la nostalgia cuando escribo estas líneas pero este sentimiento también es necesario en nuestra mente, como son las alegrías, lo bueno, lo malo, el bien y el mal que conforman esta amalgama en sí misma que es la vida.

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