La posá del navajero (cap. 3)


Los juegos del corral y otras cosillas…

El los años 60, los juegos de los niños eran simples y divertidos, de cualquier situación sacábamos un motivo para jugar, y un trozo de madera o una piedra con alguna forma parecida, podía ser un coche que andaba por caminos hechos en la tierra por nosotros mismos con nuestras manos o por simples juntas entre las lanchas de piedra del suelo que estaban unidas por cintas de cemento. Poco tardaban nuestras madres en tener que remendar las rodillas de los pantalones con parches de tela hasta que aparecieron las famosas rodilleras.

Recuerdo que por aquellos tiempos el suelo del Reducto era de tierra y en invierno, cuando llovía se formaban innumerables charcos, que una vez pasada la lluvia servían también para jugar con ellos construyendo pozas con la tierra de alrededor. Hacíamos una sucesión de pantanos de uno a otro charco hasta que al final dejábamos escapar el agua (esto sin duda, debía ser la influencia que el NO-DO anterior a las películas o en los noticiarios de la época, casi todos los días informaba de la inauguración de algún pantano por la figura omnipresente de Franco).

Por aquel entonces, el jardin que hoy se encuentran delante de lo que fue en su día la “Pensión Internacional”, era una rampa de tierra.  Justo ahí es donde la mayoría de los niños de aquella zona, aprendimos a montar en bicicleta lanzándonos desde lo alto en dirección a las laderas. El reto era, ver quien llegaba más lejos sin poner los pies en el suelo, marcando una serie de puntos de avance o referencia como era llegar a la puerta de “Chispa” el primero, luego “Transportes Abajo” y como colofón… “Las Laderas”.

Había pocos coches entonces en el pueblo, por lo que el Reducto era un lugar más donde jugar sin peligro y siempre estaba poblado de niños. En lo que hoy es el edificio de “Muebles Regino”, se encontraba  una casa a medio construir que era de Don Daniel el médico. La parte de abajo era utilizada para guardar un coche por alguien que ahora no consigo recordar y la parte superior tan solo tenía unas vigas al aíre a las que se accedía por una ventana que existía en la parte del Reducto. Por allí se adentraban los muchachos más mayores hasta el final del edificio y furtivamente fumaban sus cigarrillos de  forma semiclandestina. A mi siempre me dio miedo caminar sobra aquellas vigas al aíre. Quizás por aquel entonces habían hecho mella en mi, unas palabras de Don Daniel a las que me referiré al final del cápitulo.

Mientras tanto, en el corral de la Posá del navajero nuestro pequeño mundo infantil siempre tenía alguna novedad o trastada en forma de juegos. Una de estas fue la que ocurrió en la azotea  mencioné en el anterior cápitulo y donde una de tantas veces de las que jugábamos a los indios, decidimos atar a Rafi a un poste como habíamos visto en alguna película. Para dar más realismo a la representación de la escena, a alguno de nosotros se le ocurrió embadurnar con pintura roja la cabeza de Rafi. Había por entonces  costumbre de pintar la parte de abajo de las tinajas de rojo y los padres de “Japaca” estaban preparando esta tinaja para marcharse al campo. La cabeza de Rafi presentaba un aspecto “terrorífico” y sus rizos quedaron pegados a la cara por el efecto de la pintura llorando llorando a moco tendido en una mezcla de pena y rabia. Inmediatamente le soltamos y se fue llorando al salón donde se encontraban las personas mayores que en ese momento había en la casa. A su madre por poco le da algo, porque la primera impresión que se llevó la mujer, era que aquello que manaba por la cabeza de su hijo, sin duda era sangre…  Por supuesto todos los demás desaparecimos del  corral  al instante.

Otro de las muchos objetos que había en el corral de la Posá, era un Renault “Gordini” que había pertenecido a Andrés “el carpintero” y que seguramente al finalizar su vida útil como vehículo, éste lo había dejado definitivamente en el corral. En ese coche pasábamos horas y horas montados dentro del mismo y “viajando” a multitud de lugares tan lejanos en nuestro imaginario, como San Vicente de Alcántara, La Codosera y otros lugares que para los niños de entonces eran lejanos. También había un “Biscuter” que había sido de Juan el padre de “Juanitín” y “Japaca”, que nos servía atracción como si de un parque de viejos cacharros se tratara. Durante algún tiempo estuvieron acompañados de los restos del “Simca 1000” de Isidoro (mortero), hermano de Pepita y cuñado de Andrés, que por aquel tiempo, tuvo un accidente en la carretera de San Vicente. Este hecho sucedió en una curva que hasta su supresión por el actual trazado de la carretera, para nosotros siempre pasó a denominarse, “la curva de Isidoro”. Es curioso pero las carreteras muchas veces llegan a tener zonas denominadas de una u otra forma por hechos que han ocurrido en las mismas, y es que en aquella época ni había tantos coches ni accidentes como hay hoy en día.

Por las escaleras de la Sacristía de la iglesia de San Mateo que dan a la plazuela del mismo nombre, se podía acceder a lo que era conocido como “El cuarto segundo”. Este era un local que había en la iglesia y que era destinado a actividades para los niños y jóvenes, con varios juegos de mesa para uso y disfrute de cualquiera que accediera al mismo. De este lugar los recuerdos son menos, ya que su periódo de principal actividad coincidió con nuestra edad más infantil y el citado “Cuarto Segundo” estaba enfocado a una edad más juvenil.

Una de las travesuras que con más nitidez recuerdo de entonces, fue cuando después de toda una tarde recogiendo cucarachas negras alrededor de la iglesia y guardarlas en una caja de zapatos, esperamos a que la señá  Antonia cerrara  su tienda. Después de estar un rato sentada en el pollo conocido por su mismo nombre, se dirigió a casa de su prima Francisca a ver la tele. Mientras tanto, el Rafalino y yo, nos dedicamos a meter todas las cucarachas que teníamos dentro de la caja, por un orificio debajo de la puerta de la casa, invadiendo de tan repugnantes “bichos” toda la tienda de ultramarinos. Esa noche yo me acosté rápido, sabía que sobre medianoche, esta mujer se iba a su casa y tenía que entrar por la tienda que estaba situada en una especie de zaguán. Unos gritos proferidos por una persona conocida se escuchaban calle arriba hasta llegar a la puerta de mi casa, inmediatamente, la puerta de mi casa se abrió y se escuchó una voz sofocada que decía: “Paula, Paula, porque eres tú, que si no, esta noche tu hijo y el sinvergüenza ese del Rafalino, iban a dormir en la inspección”.

Evidentemente, esa misma noche me tocó bajar “calentito” con mi madre tirando de una de mis orejas, a ver el resultado de la “fechoría”. Allí estaba también Rafi que había corrido la misma suerte que yo, y enfrente un espectáculo desolador. Todos los sacos de lentejas, azúcar, judías y tantos otros productos, estaban invadidos de cucarachas negras provocando a la vez repugnancia y admiración en todas las personas que allí se encontraban. A nuestras madres les tocó limpiar la tienda y poner aquello en su lugar. Eran cosas de niños, de niños de los de antes, de los que estábamos todo el día en la calle y no teníamos por más juguete que nuestra imaginación.

Entrábamos y salíamos de aquel corral siempre con la atenta mirada del señó José que miraba sentado en su taburete de mimbre similar a aquellas sillas del mismo material. Eran unos taburetes eran sin respaldo, siempre recordaré su imagen sentado en aquella esquina en la que hoy en día sería una locura sentarse, viendo como bajan los coches por la travesía del Reducto, como se llamaba mi calle entonces, con una frecuencia que antes sería impensable. Y allí, en esa misma calle intentamos aprender nuestros primeros equilibrios con una bicicleta, que no recuerdo bien, si mi madre o mi tía Felipa había conseguido en algún lugar, pero la cuestión es que aquella bici no tenía cadena, ni sillín, ni frenos, con lo que a la dificultad de aprender a mantener el equilibrio, se añadían otras como tener que tirarse calle abajo, sin frenos y con una rodilla de llevar los cántaros en la cabeza por sillín. Primero subíamos a lo alto de la calle como cual remonte de estación de esquí y luego, armados de temeridad que no de valor, nos lanzábamos a hasta la plazuela, continuando luego por la calle del pozo concejo con las piernas abiertas y para detener aquel cacharro desbocado, clavar los pies en el suelo hasta su detención que solía acabar no mucho más allá de la carpintería del señó Polonio, padre de Andrés, que era otro de nuestros sitios de referencia. Una vez acabado el recorrido, bicicleta en mano y cuesta arriba a volver a empezar por otro que estaba esperando su turno para repetir la misma aventura.

Mas tarde esto mismo pero ya con una bicicleta que contaba con cadena, sillín y frenos, se trasladó al Reducto, que seguía siendo de tierra y empezó siendo desde la puerta de la pensión como he dicho antes, hasta la puerta del señó Juan “Chispa”, aquel entrañable mecánico de bicicletas y ciclomotores que en su  minúsculo taller con sus gafas protectoras de los ojos trabajaba incansablemente a la vez que de vez en cuando nos solucionaba algún problemilla con nuestros primeros vehículos. Luego la meta se fue alejando cada vez más, primero hasta la puerta de “Transportes Abajo” con su gran carro siempre aparcado a la puerta que también sirvió para nuestros juegos, posteriormente hasta el primer pollo de las Laderas, luego el “pollo largo”, después el “pollo de los viejos” y para cerrar el circulo del aprendizaje ciclista, conseguir dar la vuelta por la carretera y volver por la calle del reloj otra vez hasta el reducto con el consiguiente jolgorio de bienvenida como si de una aventura allende los mares se tratase.

Otro de los personajes con los que tuve varios encuentros durante aquella infancia en Alburquerque, fue don Daniel el médico. La primera “visita” que le hice, fue con una herida en la barbilla al caerme tropezando en el umbral de una casa donde intentaba esconderme de mi tía Nico, a la cual tuvo que dar varios puntos de sutura; posteriormente me llevaron después de que me atropellara una motocicleta en la carretera y que precisamente coincidió con la estancia en Madrid de mi madre a causa del fallecimiento de mi padre y así una sucesión de costuras a lo largo de cuerpo de las que hoy día tengo sus secuelas en mi piel. La última vez que visité a don Daniel por estos motivos, fue a causa de una caída en el pajar arruinado de la posá del navajero y entonces don Daniel pronunció unas palabras amenazantes que debieron causar en mi subconsciente una especie de mecanismo de autoprotección que impidió que volviera a hacerme ninguna herida que supusiera tener que coser y por tanto la consiguiente “visita” a don Daniel, y la frase que pronunció dirigiéndose a mi madre en mi presencia fue la siguiente: “Paula, la próxima vez que traigas a este niño con otra herida para coser, yo ya no le coso más, simplemente le corto la cabeza y así ya no hay que coser”, imagínense esas frases dichas hoy en día por cualquier médico en presencia de un menor quizás le supusiera una denuncia cuando menos, pero antes, eran otros métodos y sobre todo otros tiempos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s