Una tarde con “los niños malitos”


Durante un tiempo en el que me han acontecido una serie de hechos de los que muchos lectores de este blog han estado al corriente, vuelvo a ir a contar cuentos al hospital infantil “Niño Jesús” de Madrid. Son ya con esta, varias las veces que he estado contando mis cuentos en este lugar. Siempre que voy me gusta referirme a este público especial nombrándolos con cariño como: “Los niños malitos”. Hace ya algunos años que fui por allí la primera vez. Me advirtieron que no es fácil y que puede llegar a afectarte sentimentalmente el estado que pueden presentar algunos de los internados en este centro. Tengo que decir que ni la primera ni ninguna de las veces que he estado, para mí ha supuesto trauma alguno. Todo lo contrario, como una sucesión de sensaciones que podríamos definir como: cargarse las pilas. Siempre recordaré algunos momentos como los más entrañables de mi vida. Uno de estos fue cuando me senté justo al borde del escenario con Getulio, mi duende estrella, de pie sobre el mismo y junto a mi. Enfrente una preciosidad rubia de ojos claritos, de aproximadamente unos 6 años y que cubría su boquita y nariz con una mascarilla higiénica. Se estableció un hilo comunicativo entre los tres que centró la atención de todos los niños que había alrededor. Llegado un momento solo existían ella y Getulio. Todos los demás estábamos siendo ignorados y su conversación era íntima y directa. Cada vez que ella sonreía, la comisura de sus labios parecía salirse de los márgenes establecidos por la mascarilla. Sus ojos se iluminaban cada vez más y la sonrisa no vista en su totalidad pudiera calificarse como “la sonrisa perfecta”. Mientras tanto, sus familiares no podían sostener el progresivo abrillantamiento de sus ojos hasta desprender unas lágrimas que rápidamente impedían que recorrieran sus mejillas.

Así, una y otra vez podría enumerar una buena cantidad de anécdotas que me han ido sucediendo en las diferentes visitas que he girado a este lugar. Además esto me ha brindado la posibilidad de conocer gente buena que se encarga de hacer felices a los demás. Gente como Mariano o Rafa, dos enfermeros que se encargan de la coordinación de actividades, como Juan, “El cocinero de los cuentos” que con su cocina llena de cuentos, recorre las habitaciones donde se encuentran niños que tienen la imposibilidad de bajar al teatrillo y a los que suele regalar una cuchara que él personalmente se encarga de realizar en madera. Los chavales anónimos de “Voluntarios sin fronteras” que realizan actividades con los niños durante y después de las sesiones del teatrillo y como nó, de padres, madres, abuelas, abuelos, hermanos y amigos que se dan cita una tarde de sábado o domingo para acompañar a sus pequeños más queridos. Después de la sesión llega el momento de recoger y salir de las instalaciones y ahí es donde he sentido la gratificación de haber hecho pasar un buen rato a todos esos espectadores especiales. De la forma en que los familiares te agradecen lo que has hecho, te hace emocionarte porque en sus rostros se palpa la sinceridad del agradecimiento, o cuando una abuela te sujeta por el antebrazo y te planta dos besos emocionados hace que solo su recuerdo a la hora de escribir estas lineas, consiga emocionarme y se me acabe soltando alguna lágrima. Me temo que nosotros que actuamos delante de ellos con la intención de curar su ánimo, realmente somos quienes acabamos siendo curados en lo más profundo del alma. Tal vez esa sea la necesidad que por lo menos yo tengo de pasar cada cierto tiempo a estar con mis “niños malitos”. No se me malinterprete este calificativo que utilizo para referirme a ellos, pues lo digo con el cariño más profundo que puedo sacar de mi interior y por supuesto que no quisiera que jamás esto pudiera ofender a algún familiar que se encontrara en esta situación.

Allá me dirigiré el domingo por la tarde y compartiré escenario con otra chica que va a hacer títeres. Alguno o alguna de los o las artistas que pasan por el teatrillo, son antiguos residentes que han estado hospitalizados en su día en el Niño Jesús y que si se están dedicando a cualquier actividad artística suelen pasar con periodicidad a actuar en el teatrillo. La última vez que estuve por allí actuó también un mago que tendría 12 o 13 años y se encontraba en pleno proceso de formación. También había sido residente. No en vano para actuar en este lugar debes ponerte previamente en contacto con los coordinadores y ellos ya te darán fecha que suele ser al cabo de uno o dos meses, ya que normalmente la agenda la suelen tener apretada.  Un abrazo lectores y lectoras…

 

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