¡Cuanto tarugo!


Por motivos familiares, este caluroso verano lo estoy pasando mayormente en Madrid, limitando mis escasos viajes a alrededores cercanos, dijéramos a una prudencial distancia del centro del país. En ello andaba yo disfrutando de un par de días de fin de semana en Tordesillas  (Valladolid), cuna del Tratado y tierras de Juana “La Loca” e Isabel de Castilla. Sentado en una terraza a orillas del río Duero, con vistas espectaculares del puente y parte monumental de la ciudad, con el acompañamiento del trinar de los pájaros y el suave murmullo del agua descendiendo el muro de un azud me entregué a uno de los que para mi es de los mejores placeres del día: desayunar al aire libre leyendo tranquilamente la prensa del día, por cierto ese día con el extenso relato de los sucesos provocados por el maníaco de Oslo, totalmente abstraído en la sucesión de locuras que pueden pasar por la mente de un criminal que curiosamente está totalmente convencido de que lo que está haciendo es lo debido. Con su razón por delante y pensando en que lo que está llevando a cabo es lo correcto, un individuo así es capaz de acabar con la vida de cientos de personas sin inmutarse. Es su guerra y está cumpliendo con el deber del soldado… Estas situaciones merecerían comentario en exclusiva, pero no es a ello a lo que yo quiero dedicar mi artículo.

Mientras leía, se sentaron en la mesa contigua a la mía varios miembros de una familia. Una familia tipo, compuesta por un padre, una madre, algún cuñado suelto y dos o tres niños que se disponían a hacer lo mismo que yo: desayunar, imagino que disfrutando al igual que yo del frescor de la mañana pues a mi me gusta madrugar y a esas horas en verano es cuando mejor se está en la calle. Toda esta situación no hubiese sido merecedora de comentar por mi parte a no ser como así ocurrió, vino a alterar en cierto modo mi tranquilidad y disfrute. Uno de los adultos varones comenzó a hablar en voz alta, cosa por otra parte habitual en muchos sitios, sin importarle en absoluto si molesta o no a las personas que tiene a su alrededor. Al mismo tiempo que pregonaba a los cuatro vientos sus intenciones de futuro con la comunión de alguno de sus hijos para el próximo año y ante la presencia de un grupo de ciclistas que en ese momento circulaba por la carretera que discurría enfrente de la terraza y se acercaba a una glorieta existente en el lugar, este individuo por llamarle de alguna manera, comenzó a pronunciar frases del tipo: ¡Míralos, ahí van… A ver si se los lleva un camión por delante!”, ¡No te jode, que se creen que la carretera es suya!… ¡Con estos acababa yo en cuatro días!. En mi interior comenzó a hervir la sangre. Tal vez por mi afición al deporte del ciclismo y tal vez influenciado por la gran cantidad de accidentes de este tipo que he presenciado en mi otrora vida profesional, el caso es que me costaba contenerme y como no, comprender como un individuo que al mismo tiempo que está hablando de celebrar un acto religioso tal vez importante en su vida, puede simultanear esto con el desear la muerte del prójimo,  tal como lo estaba haciendo con aquel grupo de ciclistas. No quedó ahí la cosa en lo que pudiera ser un comentario accidental, ya que minutos más tarde la presencia de otro ciclista circulando por el mismo sitio, volvió a sacar de sus adentros otra serie de comentarios del mismo tipo deseando igual suerte para esa persona que disfrutaba de un paseo una suave mañana de verano en una todavía solitaria carretera. Al mismo tiempo que observaba en el periódico la imagen de un tal Brievik vestido de marine templario que se acaba de cargar a casi cien personas, imaginaba lo que un “tarugo” español podría hacer si alguien depositara en sus manos un fusil ametrallador y simplemente ante la presencia de un nutrido grupo de personas que no fueran de su agrado… político, deportivo, cultural, o simplemente de “los suyos”, le aconsejara: “Cárgatelos” …

Esto no es si no más que una clara demostración del grado de intolerancia hacia los demás que hacen actividades que no son de nuestro agrado y por tanto los quitamos de en medio. “A mi como no me gustan los ciclistas, pues me los cargo”… “Estos como no comulgan como yo, pues fuera”… Así una y otra vez el ciudadano medio español se viene a reflejar perfectamente durante todos los tiempos en el famoso cuadro de Goya. Quede claro que yo en aquellos momentos tenía unas ganas enormes de levantarme y enfrentarme al “tarugo”, con lo cual ya la tendríamos liada en aquella tranquila terraza y en una apacible mañana de verano. Y así se repetirán a lo largo de tu vida situaciones similares que se darán en lugares varios puesto que este tipo de “tarugos” se repetirán a lo largo de tu vida y oirás como el de la mesa de al lado con su mala educación de costumbre, vociferará sus gustos e ideales propios a costa de “cagarse” en tus… o en los que… o en ideas que son las tuyas y una y otra vez te verás en la provocación y sentirás las ganas enormes de agarrar el otro mazo, enterrarte con él hasta las rodillas a una distancia de mas o menos un metro y empezar a repartir y a recibir mazazos hasta la extenuación en que seguramente uno u otro, o tal vez los dos, caeréis abatidos ante la atónita mirada de quienes os rodean y que a su vez expresarán seguramente su opinión: ¡PERO CUANTO TARUGO!

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Un pensamiento en “¡Cuanto tarugo!

  1. Genial el artículo!

    Lamentablemente, nosotros también hemos tenido la mala suerte de cruzarnos con más de un tarugo de estos…

    Saludos.

    JOSE CARLOS (SOÑANDO CUENTOS)

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