La cara perfecta


Había una vez un muñeco de papel que no tenía cara. Estaba perfectamente recortado y pintado por todo el cuerpo, excepto por la cara. Pero tenía un lápiz en su mano, así que podía elegir qué tipo de cara iba a tener ¡Menuda suerte! Por eso pasaba el día preguntando a quien se encontraba:

– ¿Cómo es una cara perfecta?

– Una que tenga un gran pico – respondieron los pájaros.

– No. No, que no tenga pico -dijeron los árboles-. La cara perfecta está llena de hojas.

– Olvida el pico y las hojas -interrumpieron las flores- Si quieres una cara perfecta, tú llénala de colores.

Y así, todos los que encontró, fueran animales, ríos o montañas, le animaron a llenar su cara con sus propias formas y colores. Pero cuando el muñeco se dibujó pico, hojas, colores, pelo, arena y mil cosas más, resultó que a ninguno le gustó aquella cara ¡Y ya no podía borrarla!

Y pensando en la oportunidad que había perdido de tener una cara perfecta, el muñeco pasaba los días llorando.

– Yo solo quería una cara que le gustara a todo el mundo- decía-. Y mira qué desastre.

Un día, una nubecilla escuchó sus quejas y se acercó a hablar con él:

– ¡Hola, muñeco! Creo que puedo ayudarte. Como soy una nube y no tengo forma, puedo poner la cara que quieras ¿Qué te parece si voy cambiando de cara hasta encontrar una que te guste? Seguro que podemos arreglarte un poco.

Al muñeco le encantó la idea, y la nube hizo para él todo tipo de caras. Pero ninguna era lo suficientemente perfecta.

– No importa- dijo el muñeco al despedirse- has sido una amiga estupenda.

Y le dio un abrazo tan grande, que la nube sonrió de extremo a extremo, feliz por haber ayudado. Entonces, en ese mismo momento, el muñeco dijo:

– ¡Esa! ¡Esa es la cara que quiero! ¡Es una cara perfecta!

– ¿Cuál dices? – preguntó la nube extrañada – Pero si ahora no he hecho nada…

– Que sí, que sí. Es esa que pones cuando te doy una abrazo… ¡O te hago cosquillas! ¡Mira!

La nube se dio por fin cuenta de que se refería a su gran sonrisa. Y juntos tomaron el lápiz para dibujar al muñeco de papel una sonrisa enorme que pasara diez veces por encima de picos, pelos, colores y hojas.

Y, efectivamente, aquella cara era la única que gustaba a todo el mundo, porque tenía el ingrediente secreto de las caras perfectas: una gran sonrisa que no se borraba jamás.

Autor: Pedro Pablo Sacristan

Muerto en Resaca


El mejor soldado de nuestro estado mayor era el teniente Herman Brayle, uno de los ayudantes de campo. No recuerdo de dónde lo ha había sacado el general; creo que de algún regimiento de Ohio. Ninguno de nosotros lo conocía, lo cual habría sido extraño, ya que no había dos oriundos del mismo estado, ni siquiera de estados limítrofes.

El general parecía considerar que un puesto en su estado mayor era una distinción que se debía conferir con tal cautela que no suscitase celos localistas y pusiera en peligro la integridad de aquella parte del país que todavía estaba unida. Ni siquiera selleccionaba oficiales de su propio mando, sino que tenía de otras brigadas. En tales circunstancias, los servicios de un hombre tenían que ser muy notables, por cierto, para que llegaran a oídos de su familia y de los amigos de su juventud. De todas maneras, “la trompeta de la fama” estaba un poco ronca por exceso de locuacidad.

El teniente Brayle medía más de seis pies y era de proporciones espléndidas, con ese pelo rubio y los ojos azules-grisáceos que suelen estar unidos, en quienes gozan de tales dones, con una gran valentía. Puesto que comúmmente vestía su uniforme completo, en particular durante las batallas, mientras la mayoría de los oficiales se conforman con vestir menos llamativamente, era una figura muy atractiva. Aparte de esto, sus modales eran los de un caballesro, el cerebro el de un estudioso y el corazón de un león. Tenía unos treinta años. Pronto llegamos a sentir por Brayle tanto afecto como admiración, y fue durante la escaramuza en Stone River -nuestra primera acción desde que se unió a nosotros- cuando observamos sinceramente preocupados que poseía una cualidad objetable e impropia de un soldado: se sentía orgulloso de su osadía. Durante las vicisitudes y alternativas de aquel horrible choque, ya fuera que nuestras tropas estuvieran luchando en los plantíos abiertos de algodón, en los bosques de cedros o detrás del talud de una vía férrea, no buscó la protección del terreno ni una sola vez excepto cuando así se lo ordenó ásperamente nuestro general, quien siempre tenía otras cosas de que preocuparse  que de las vidas de los miembros de su estado mayor o del resto de sus tropas.

 Mientras Brayle estuvo con nosotros sucedió lo mismo en todas las batallas. Cabalgaba como una estatua ecuestre, en plena tempestad de balas y metralla, y en los lugares más expuestos (en realidad, donde quiera que su deber le exigía estar o le permitía quedarse) cuando hubiese podido, sin desmedro de su reputación de hombre inteligente, permanecer en los lugares más seguros durante los breves intervalos de inacción.

Cuando estaba de pie, por necesidad o bien por deferencia hacia su comandante, pue éste o sus allegados habían desmontado, su conducta era la misma. Se erguía como una roca en el descampado cuando los oficiales y la tropa buscaban refugio. Mientras hombres mayores que él en edad y en antigüedad, de rango más alto y de incuestionable intrepidez, preservaban legítimamente detrás de una colina, vidas que eran muy preciosas para su patria, este hombre se erguía sobre la cima sin hacer nada, de cara al fuego más nutrido.

Cuando las batallas se dan en terreno abierto, con frecuencia sucede que las filas opuestas, enfrentándose durante horas a muy poca distancia, se abrazan a la tierra tan apretadamente que parece que la amaran. Los oficiales de la línea se achatan en sus lugares, y los oficiales de campo, cuando han perdido sus caballos o los han enviado a la retaguardia, se agazapan bajo el infernal toldo aullante de plomo y de hierro, sin pensar ni por un instante en su dignidad personal.

En esas circunstancias, la vida de un oficial de brigada no es decididamente “feliz”, dada su precaria duración y las alternativas emocionales a las que se expone. Desde una seguridad ta relativa -que le haría decir a un civil: se escapó de la muerte “por milagro”-, pueden despacharlo con un mensaje para algún comandante de un regimiento que se encuentra cuerpo a tierra en la línea de fuego, y que en ese momento precisamente no se divisa ni es fácil de encontrar sin una exahustiva búsqueda entre hombres preocupados. En esa confusión, tanto las preguntas como las respuestas deben espresarse por seña. Entonces lo habitual es agachar la cabeza y escurrirse corriendo tan rápido como se pueda, pese a transformarse en un blanco de vivo interés para algunos miles de tiradores atentos. Al regresar… bueno, generalmente no se regresa.

Brayle no actuaba así. Entregaba su caballo al cuidado de un ordenanza -amaba a su caballo-,  se alejaba caminando lentamente para llevar a cabo su peligrosa misión. No doblaba ni un milímetro su espalda, y hacía de la expléndida figura, acentuada por el uniforme, un objeto de extraña fascinación que atraía las miradas. Lo observábamos sin respirar, con el corazón en la boca. En una de esas oportunidades uno de los nuestros, tartamudo impetuoso, se emocionó tanto que gritó: -¡T-t-e ap-p-puesto d-dos d-dolares q-que lo b-bajan a-antes q-que ll-llegue a a-aquella z-z-anja!

No acepté la brutal apuesta; efectivamente, creí que lo harían.

Permítaseme hacer justicia a la memoria de un valiente; durante estas inútiles exposiciones de su vida no existía bravata alguna ni se producía la jactancia consiguiente. Las pocas veces en que algunos de nosotros nos atrevíamos a reprochárselo, Brayle había sonreído cordialmente, respondiendo con un humor que sin embargo nos alentaba a seguir hablando del asunto. Una vez dijo:

-Capitán, si encuentro la muerte por haber olvidado sus consejos, espero que mis últimos momentos los alegre el sonido de su alegre voz susurrando en mi oído las palabras benditas: “Yo se lo advertí”.

Nos reímos del capitán -no sabría decir por qué-, y esa tarde, cuando las balas lo convirtieron en un pingajo durante una emboscada, Brayle permaneció al lado del cuerpo durante un momento, acomodando sus piernas y brazos con innecesario cuidado. ¡Allí, en medio de un camino barrido por ráfagas de metralla! Resulta fácil condenar este tipo de cosas y no muy difícil el abstenerse de imitarla, pero es posible que no merezca el respeto, y no dejábamos de querer a Brayle por una debilidad de carácter tan heroico. Deseábamos que no fuera tan tonto, pero siguió así hasta el fin, a veces duramente maltrecho, pero volviendo siempre a su deber como nuevo.

 Claro que el final llegó; el que ignora la ley de las probabilidades desafía a un adversario que no admite derrota. Fue en Resaca, Georgia, durante un avance que resultó en la toma de Atlanta. Ante nuestra brigada, la línea de trincheras del enemigo corría por el campo abierto a lo largo de un suave declive. En cada extremo de este campo despejado, en el bosque, nos acercábamos al enemigo, pero no podíamos ocupar el resto del terreno hasta la caída de la noche, cuando la oscuridad nos permitiera cavar como topos y hacer las trincheras. En este punto nuestra línea estaba a un cuarto de milla. Formábamos una especie de semicírculo, la cuerda de cuyo arco estaba compuesta por la línea del enemigo.

-Teniente, vaya a decirle al coronel Ward que se acerque todo lo que pueda sin desguarnecerse, y que no desperdicie municiones disparando inutilmente. Puede dejar su caballo. Cuando el general dio esta orden estábamos en el linde del bosque, cerca de extremo derecho del arco. El coronel Ward estaba en el otro extremo. La sugerenciade que dejara el caballo significaba obviamente que Brayle debía tomar el camino más largo, atravesando el bosque y nuestras filas. En realidad, la sugerencia era innecesaria; tomar una ruta más corta significaba el seguro fracaso para cumplir con el mensaje. Pero antes de que nadie pudiera impedírselo, Brayle espoleó su caballo y entró en el campo de batalla mientras la balas del enemigo se mezclaban en una confusión horrenda.

-¡Detenga a ese maldito imbécil! -gritó el general.

Un soldado de su escolta, con más ambición que cabeza, se lanzó detrás para obedecerlo, y a unas diez yardas quedó muerto, igual que su cabalgadura, en el campo del honor.

Ya no era posible llamar a Brayle, quien galopaba tranquilamente en dirección paralela al enemigo y a menos de doscientas yardas de distancia, ¡Parecía un cuadro vivo! El viento o un disparo le había arrancado el sombrero, y su cabello largo y rubio se levantaba y caía al ritmo del galope. Iba erguido en la montura, y sostenía suavemente las riendas en su mano izquierda, mientras la otra cabalgaba con descuído. Al contemplar su elegante perfil cuando volvía su cabeza hacia uno u otro lado, podíamos notar que el interés puesto en lo qu estaba sucediendo era natural y carecía de toda afectación.

El cuadro era intensamente dramático, pero de ninguna manera teatral. A medida que se acercaba, decenas de rifles le escupían en sucesivas descargas y nuestra propia línea, al borde de los árboles, estallaba en una defensa desesperada. Sin preocuparse ya de su seguirdad ni de las órdenes impartidas, nuestros hombres se pusieron en pie e invadieron como un enjambre el campo abierto, enviando anchas sábanas de balas contra la llameante colina de las trincheras enemigas. Éstas lanzaban una lluvia de fuego sobre los grupos indensos, y el resultado fue mortífero. La artillería de ambos bandos se unió a la batalla, y acentuó el fuego y los estampidos con roncas explosiones que sacudían la tierra y desgarraban el aire en tempestades de metralla vibrante; desde el lado enemigo astillaba los árboles y los salpicaba con sangre, y desde nuestro lado manchaba el humo de sus armas con nubes de polvo que se levantaban de las trincheras.

Mi atención se había desviado por un momento hacia el combate generalizado, pero ahora, al mirar hacia la avenida no oscurecida por la nubes de ambas líneas, vi a Brayle, el motivo de esta carnicería. Invisible ya para cualquiera de los bandos e igualmente condenado por amigos y enemigos, se erguía en el espacio barrido por las balas, inmóvil, enfrentando su destino. A poca distancia yacía el caballo. Advertí instantáneamente la causa de su inmovilidad.

En mi función de topógrafo, esa mañana yo había hecho un apresurado examen del terreno y recordé ahora que en ese lugar había una zanja profunda y sinuosa que cruzaba la mitad del terreno en ángulo recto con las líneas enemigas. Era invisible desde donde nosotros estábamos entonces, y evidentemente Brayle no lo conocía. Era un obstáculo insalvable. Sus empinadas paredes la habrían proporcionado una absoluta seguridad de haberse considerado satisfecho con el milagro operado en su favor, y hubiese saltado adentro. No podía avanzar, no podía retroceder; se mantuvo de pie esperando la muerte. Y ésta no lo hizo esperar mucho.

Por alguna misteriosa coincidencia, en el mismo instante en que caía, el fuego se detuvo; sólo algunos desganados disparos se oían de tanto en tanto, y servían para acentuar más que para romper el silencio. Era como si ambos bandos se hubieran arrepentido de pronto de su crimen inutil. Poco después, cuatro camilleros y un sargento provisto con una bandera blanca entraron en el campo de batalla y sin que nadie los molestara caminaron directamente hasta el cuerpo de Brayle. Varios oficiales y soldados confederados se adelantaron a su encuentro, se quitaron el sombrero y los ayudaron a llevar su carga sagrada. Mientras ésta avanzaba hacia nosotros, escuchamos desde más allá de las filas enemigas el sonido de pífanos y tambores asordinados: una elegía fúnebre. El enemigo generoso honraba al valiente caído.

Entre los efectos del muerto, había una gastada billetera de cuero de Rusia. Me tocó a mi en la distribución de sus recuerdos, decretada y administrada por el general.

Un año después terminó la guerra, cuando me dirigía a California, la abrí y la inspeccioné detenidamente. De un pliegue que había pasado por alto cayó una carta sin sobre ni dirección. Tenía letra de mujer y empezaba cariñosas sin nombrar a nadie.

Tenía el siguiente encabezamiento: “San Francisco, Cal. 9 de julio de 1862”. La firma era “Querida”, entre comillas. El nombre de quien escribía aparecía en el texto: Marian Mendenhall.

La carta dejaba traslucir buena educación, pero era una carta de amor trivial, si es que una carta de amor puede ser trivial. No decía mucho, pero había algo. Era esto:

“El señor Winters, a quien siempre odiaré por ello, ha estado diciendo que durante una batalla en Virginia, donde él fue herido, te vieron agazapándote detrás de un árbol. Creo que quiere que yo te desprecie, y sabe que yo lo haría de creer en su historia. Podría soportar la noticia de la muerte del soldado que amo, pero no la de su cobardía.”

Éstas eran las palabras que en aquella tarde soleada, en una región distante, habían ocasionado la muerte de cien hombres. ¿Es débil la mujer?

Una tarde fui a visitar a Miss Mendenhall para devolverle la carta. Pensaba decirle además lo que había hecho, sin responsabilizarla por ello. La encontré en una elegante residencia de Rincon Hill. Ella era hermosa, distinguida, en una palabra, encantadora.

-Usted conoció al teniente Herman Brayle -dije un tanto bruscamente-. Usted sin duda sabe que cayó en el campo de batalla. Y entre sus efectos personales encontramos esta carta. He venido a ponerla en sus manos.

Tomó la carta mecánicamente, le echó un vistazo sonrojándose, y me dijo con una sonrisa:

-Usted ha sido muy amable, aunque seguramente no valía la pena…

Se sobresaltó de pronto y palideció.

-Esta mancha… -dijo-. Es… no puede ser…

-Señora -dije- perdóneme, pero es sangre del corazón más sincero y valiente que haya latido alguna vez.

Arrojó rápidamente la carta sobre los carbones encendidos.

-¡Ay, no puedo ver sangre! -dijo-.¿Como murió?

Yo me había levantado involuntariamente para rescatar aquel pedazo de papel que todavía era sagrado para mi, y ahora me encontraba a sus espaldas. Al hacerme la pregunta giró su rostro, y levantó levemente. La luz de la carta en llamas se reflejaba en sus ojos y tocaba su mejilla con un tinte de carmín semejante a la mancha roja del papel. Nunca había visto yo nada tan hermoso como esta criatura detestable.

-Le mordió una serpiente -contesté.

Cuento extraído del libro:

Cuentos de soldados y civiles

de Ambroise Bierce

Ivar insatisfecho


Era una vez un islandés, Ivar, que se había convertido en poeta y cantante famoso en la corte del rey de Noruega, el cual lo estimaba mucho y le rodeaba de atenciones.

El hermano de Ivar, Thorfin, vivía también en la corte del rey, pero estaba descontento y envidiaba los privilegios que le concedían a su hermano, entre otras cosas porque veía que sus dotes no eran debidamente reconocidas.

Un día decidió regresar a Islandia. Antes de partir, Ivar le entregó un mensaje para Audney, una joven muchacha, a la que le pedía que no se casara con nadie, porque en primavera él mismo volvería a Islandia para casarse con ella. Thorfin partió.

Llegado a Islandia, conoció a Audney, trabó con ella una relación amorosa y se casaron.

Al comenzar la primavera, Ivar partió para su tierra natal. Cuando descubrió que su hermano se había casado con Audney, se sintió profundamente herido y amargado y se volvió desconsolado a la corte del rey.

Todos notaron su cambio: Ivar ya no cantaba. Un día le llamó el rey para enterarse de lo que le había sucedido, pero Ivar no se confió. El rey le preguntó:

-Dime, ¿te ha ofendido alguno de la corte?

-No, respondió Ivar.

-¿Crees -prosiguió el rey- que no se dan los honores que te corresponden?

-¡Oh, no! -comentó Ivar.

El rey reflexionó unos instantes y luego añadió:

-¿Quizá hay algo en este reino que desearías tener?

Una vez más, Ivar respondió negativamente.

Por fin el rey, imaginando que se podía tratar de algo más íntimo, murmuró:

-¿Hay por ventura, alguien a quien amas, por ejemplo, una mujer de tu tierra?

Ivar permaneció en silencio, y el rey comprendió que había puesto el dedo en la llaga.

-No te preocupes -lo tranquilizó-, tú sabes que yo soy el rey más poderoso de la región, y nadie tratará de oponerse a un deseo mío. Partirás con la próxima nave que zarpe para Islandia y llevarás una contigo una carta para los padres de esa mujer, a los que pediré que te den por esposa a su hija.

Ivar meneó la cabeza, diciendo:

-Es imposible, señor, porque ya está casada.

Hubo un momento de silencio, y el rey continuó:

-Entonces, Ivar, hay que pensar en alguna otra cosa. La próxima vez que visite las aldeas, las ciudades y los castillos de la región, vendrás conmigo. A lo largo del camino encontrarás a muchas mujeres fascinantes, y tal vez una de ellas satisfará los deseos de tu corazón.

-No, señor mío -respondió Ivar-, porque cada vez que veo a una chica pienso en Audney, y mi tristeza aumenta.

El rey prosiguió:

-Entonces te daré muchas tierras y mucho ganado, dedicarás tus energías a los negocios y el trabajo, y te olvidarás pronto de tu amor.

-No, señor mío -respondió Ivar-, no tengo ningún deseo de trabajar.

-Entonces -propuso el soberano-, te daré una gran cantidad de dinero, de modo que puedas viajar y visitar todo el mundo. Lo que veas y las experiencias que hagas te ayudarán a olvidar a la mujer de Islandia.

Ivar denegó otra vez:

-No tengo ningún deseo de viajar.

El rey se quedó contrariado por no poder hacer nada para eliminar la tristeza de Ivar. Se pasó un buen rato cavilando y, por fin, decidió hacer la última sugerencia:

-Ivar, hay todavía una pequeña cosa que puedo hacer por ti, si te puede servir de ayuda. Por la noche, después de cenar, quiero que te entretengas conmigo para hablarme de tu amor a esa mujer. Tómate el tiempo que quieras, yo estaré escuchándote.

Ivar aceptó la sugerencia.

Todas las noches, después de la cena, comenzaba a contar la historia de su amor y, al mismo tiempo, sentía renacer dentro de sí la alegría y el deseo de cantar. Yo volvió a ser el poeta y el cantante que todos conocían.

Al año siguiente encontró a una joven de Noruega, de la cual se enamoró, se casó con ella y vivieron felices.

Las 7 princesas encerradas


Cuando la malvada Bruja de las Cumbres encerró a las 7 princesas en los 7 castillos de las 7 montañas, custodiadas por 7 halcones, 7 ogros y 7 dragones, nadie pensó que se las pudiera volver a ver con vida. Pero años después, el valiente Sir Pentín juntó un aguerrido grupo de nobles caballeros que cabalgaron hasta las Grandes Cumbres, vencieron a halcones, ogros y dragones, y acudieron a liberar a las princesas.

Los caballeros fueron entrando a cada uno de aquellos castillos para rescatar a las jóvenes. Eran unos lugares tan fríos y oscuros que parecían muertos, y los valientes se preguntaban qué clase de terrible maldad debía poseer el negro corazón de la bruja para hacer encerrado allí a las princesas. Las jóvenes liberadas se mostraron enormemente agradecidas a sus salvadores, pues su vida en aquel encierro era la más vacía y aburrida que se pudiera imaginar. Y sonrientes, escuchaban las hazañas de los caballeros, enamorándose de su valentía y de su arrojo.

Pero al llegar al último de los castillos, que en nada parecía diferenciarse de los anteriores, descubrieron un interior precioso, primorosamente cuidado y adornado, lleno de luz y color. Podía incluso oírse una bella música de fondo, como si se tratara de un lugar mágico. Y cuando corrieron a rescatar a la princesa de su alcoba en la torre más alta, como habían hecho con las demás, no la encontraron allí. La buscaron por todas partes hasta que siguiendo la mágica melodía, fueron a parar a una pequeña salita. No encontraron en ella nada más mágico que una alegre princesa tocando un arpa con gran destreza.

Nada desconcertó tanto a los caballeros como la actitud entusiasmada y alegre de la joven. Era culta, ingeniosa, elegante y con un especial don para las artes, y al contrario que el resto de princesas, en quienes el efecto de su encierro era bien visible, esta última parecía haber vivido una vida mucho más activa e interesante. Pero tras mucho preguntar e indagar, los caballeros concluyeron que había estado tan encerrada y solitaria como todas las demás.

Extrañados, recorrieron el palacio buscando una explicación, hasta llegar a la biblioteca. Faltaban muchísimos libros, y sólo entonces se dieron cuenta del motivo: el castillo entero estaba lleno libros. Sobre cada mesa y cada mueble era fácil encontrar algún libro. ¡La princesa no dejaba de leer! Y así había podido aprender y vivir tantas cosas que parecía que nunca hubiera llegado a estar encerrada, viviendo su encierro entre múltiples actividades que nunca dejaron paso al aburrimiento.

El viaje de vuelta fue un viaje extraño. Salvo ésta última, las demás princesas resultaron tan sosas y aburridas, que ninguno de los caballeros pudo corresponder su amor. Al contrario, todos ellos estaban prendados del encanto de la joven Clara, quien sin dejarse llevar por el brillo de las hazañas y las armaduras, pudo elegir su amor verdadero mucho tiempo después. Pero eso, es otra historia.

Pedro Pablo Sebastián

Parábola de las dos tinajas


Un vendedor de agua repetía cada mañana el mismo ritual: colocaba sobre sus hombros un aparejo que tenía, y a cada punta del aparejo amarraba una tinaja. Después salía al camino del río, llenaba dos tinajas y regresaba a la ciudad para entregar el agua a sus clientes.

Pero una de las tinajas tenía muchas grietas y dejaba filtrar mucha agua. La otra tinaja era nueva y estaba muy orgullosa de su rendimiento, ya que su dueño obtenía mucho dinero con la venta del agua que ella llevaba.

Al cabo de un tiempo, la pobre tinaja agrietada fue acomplejándose y sintiéndose inferior a la otra. Tanto, que un día decidió hablar con su patrón para decirle que la abandonara, por ser ya casi inservible.

-¿Sabes? -le dijo muy triste-, soy consciente de mis limitaciones. Yo sé muy bien que conmigo tú dejas de ganar mucho dinero, pues soy una tinaja llena de grietas y, cuando llegamos a la ciudad, estoy ya medio vacía. Ya no hay nada que hacer. Por eso te pido que me perdones mi debilidad. Compra otra nueva que pueda hacer mejor el trabajo, y abandóname a mi en el camino. Ya no te sirvo…

-Muy bien- le contestó el dueño-; pero ya hablaremos con más calma mañana.

Al día siguiente, de camino hacia el río, el vendedor de agua se dirige a la pobre tinaja agrietada y le dice:

-Fijate bien en la orilla de la carretera y dime lo que estás observando.

-Nunca me había fijado- respondió la agrietada tinaja-, pero, en honor a la verdad, me doy cuenta de que el borde de la carretera está lleno de flores. ¡Es algo muy hermoso!

-Pues bien, mi querida tinaja- repuso sonriente el vendedor-, quiero que sepas que si las orillas de la carretera son como un bello jardín, es gracias a ti, ya que eres tú quien la riegas cada día cuando regresas del río. Hace ya mucho tiempo que me di cuenta de que tú dejabas filtrar mucha agua. Entonces yo compré semillas de flores de toda clase y, de camino hacia el río, una mañana las sembré en la orilla de la carretera; y tú, al regresar del río, sin saberlo y sin quererlo, estuviste regando mi siembra. Y así todos los días, gracias a tus grietas, muchas semillas nacieron, los botones se abrieron, y cada día gracias a ti puedo cortar unas flores, preparar un ramillete y ofrecérselo al Creador.

Y el buen hombre, inclinándose sobre el camino, comenzó a escoger las mejores flores del día para ofrecérselas al Hacedor de todo.

Y esta vez la tinaja regó aún mejor el camino con el agua que perdía de entre sus grietas y la que brotaba agradecida de sus ojos.

MONOCIEGO Y EL MUCHACHO VAGABUNDO


Después de la guerra había unos muchachos que iban por ahí en busca de amo con un saco y una manta para hacer noche donde les cogiera. Un muchacho de estos llegó a un cortijo una tarde-noche y pidió para quedarse allí. Había un un hombre viejo, que era tuerto de un ojo, y ya por la noche cuando se sentaron en la cocina a la lumbre, el hombre vio que tenía una buena cocina, unos chorizos, un gato, ya al lado de la cocina una habitación que era donde se acostaba él. El muchacho se hacía una cama allí en la cocina con un saco de paja. Entonces el muchacho dijo:

-¿Y usted cómo se llama?

-Yo me llamo Monociego.

-¡Que buena lumbrita tiene usted!

-Eso no se llama lumbre, se llama luminancia.

-Vaya, pues allí en mi tierra…

Esos muchachos tenían mucha tierra corrida y estaba muy picardeados. Vio pasar el gato y dijo:

-¡Que gato más bonito tiene usted!

-No, eso no se llama gato; eso se llama rabichote.

El muchacho miró los asientos, unos asientos de corcho que en portugués se llama tropeços.

-¿Y esto asientos? Estos son unos buenos asientos que tiene usted.

-No, estos no se llaman asientos, se llaman morundangos.

-Jo, pues tiene usted una buena cañizá de chorizos.

-Esos no son chorizos, son unos santos. ¿No ves que hay que verlos mirando para arriba?

-¿Y esa cama que tiene usted ahí es donde se acuesta usted?

-Si, pero eso no se llama cama, eso se llama los brazos de a Constancia.

-¿Como que eso no se llama…? Bueno, voy a beber un vaso de agua.

-Eso no se llama agua, hombre, eso se llama superior abundancia.

Después de acostarse, el muchacho, allá por la madrugada, empezó a meter chorizos en el saco. Amontonó en la puerta del viejo todos los asientos. Regó el gato con petroleo del quinqué y le prendió fuego y a la puerta le gritó: “Levántate Monociego, de tus brazos de a Constancia y verás el rabichote cargado de luminancia y si presto le acudes con superior de abundancia cuidado con los morundangos que los santos van de marcha.

Manuel Mintiriñas (Alburquerque)

* Extraído de los cuentos populares arrayanos.

El gusano de seda y la araña


Trabajando un gusano su capullo,

la araña, que tejía a toda prisa,

de esta suerte le habló con falsa risa,

muy propia de su orgullo:

“¿Qué dice de mi tela el señor gusano?

Esta mañana la empecé temprano,

y ya estará acabada al mediodía.

¡Mire que sutil es, mire qué bella!…”

El gusano con sorna le respondía:

“Usted tienen razón; así sale ella”.

Se ha de considerar la calidad de la obra

y no el tiempo que se ha tardado en hacerla.

Tomás de Iriarte