Eulogio… (reflexiones de un gato de campo)


Como veis soy un gato. Un gato al fin y al cabo, de campo aunque vivo ocasionalmente en un núcleo de viviendas ocupadas por humanos en el medio rural. Como buen gato, soy libre e independiente, ocasionando para mis vecinos humanos la mínimas molestias posibles. Yo tan solo visito de vez en cuando el plato pequeño que me tienen puesto en un rincón del corral y esto cuando ellos se han acordado de mi y han depositado en el mismo el resto de alguna de sus comidas. Yo como en silencio y eso sí, sin que nadie me moleste que me pongo de muy malas pulgas, que por cierto agradecería de vez en cuando me quitaran algunas y las machacaran con sus uñas. Luego duermo un rato que en ocasiones suele ser prolongado, no en vano dicen que los gatos dormimos dieciséis horas… ¡Exagerados!. Además siempre tenemos que buscar lugares recónditos donde dormir, porque a los humanos, sobre todo a estos que habitan en un medio rural como este, le molesta bastante que durmamos sobre sus camas o sillones, por lo que los gatos camperos como yo, aprovechamos cualquier sitio para echar una cabezadita.

¡Cómo echo de menos a veces, no ser un gato urbano!, pero de los que tienen casa, que para estar buscando entre cubos de basura de la ciudad, prefiero cazar en el campo. Pero un gato urbano con casa es diferente. Suelen estar bien cuidaditos, comen grandes manjares de esos que salen por la tele y les ponen nombres finos como: Muffi, Silver, Tania, Ámbar, Wido, etc. etc. En mis dominios sin embargo no tenemos nombre, simplemente nos dicen: “gaatooo”, o nos ponen otros no tan finos como: Eulogio, Frasco, Juncio etc. etc. Por supuesto a veces la única palabra que escuchamos de un humano, es una que nos provoca auténtico pavor: “Saaapeeee”, palabra esta que a veces suele venir acompañada de un palo, una piedra o una bota vieja que nos lanzan como si de un misil “Tierra-Aíre” se tratara…

Los gatos rurales tenemos la ventaja de callejear o campear libremente, no solemos llevar collares ni chorradas de esas y salimos y entramos a nuestro libre albedrío. Últimamente en esto hemos perdido un poco con las nuevas casas de los humanos en los pueblos. No se por qué, pero ya no hacen puertas con “gateras”. Si, con esos agujeros que solían tener las grandonas y viejas puertas de las casas de los pueblos en la parte inferior de las mismas. Será que a lo peor ya no somos tan imprescindibles para los humanos de los pueblos porque cada vez hay menos ratones… ¡Esos seres despreciables de orejas grandes y dientes desproporcionados! Cada vez más cemento en las calles dificulta para ellos la horadación de sus ratoneras… Han emigrado a campos cercanos y ya no incomodan tanto a los humanos.

Cómo  podéis observar, aquí estoy convaleciente y lamiendo mis heridas al sol, después de haber tenido unas noches de correrías por esos campos de Dios. Porque si no lo sabéis, enero es el mes de los gatos. Es cuando nuestras féminas, esas gatitas musas y suaves que nos… ¡Bueno que me pierdo!, se ponen en celo y nosotros andamos a buscarnos la vida para hacer perdurar nuestra especie. ¡Qué vida esta! Siempre jugándonos la vida por esos andurriales haciendo frente a mil y un peligros que en forma de otros gatos más pendencieros que yo, perros que no nos dejan vivir, que esos merecen comentario aparte, por pelotas y rastreros de los humanos… ¡si yo hablara!… En fin que no quiero extenderme más sobre ellos pues no son más que meros “comparsillas” en medio de nuestro mundo rural gatuno.

A veces echo de menos que alguien me acaricie el lomo. Alguien que me dejara sentarme en sus piernas mientras se calienta al brasero. Porque eso si, los gatos somos un poco frioleros y siempre nos gusta arrimarnos para “compartir” su calor… pero en este nuestro mundo rural, eso es muy difícil… Aquí estoy yo solo con mis heridas calentándome al sol. Seguro que si hubiera sido gato de ciudad de esos de los que tienen casa, mi dueña me habría llevado al veterinario, el médico ese de los animales y me habrían curado con mimo y atención. Pero no, porque yo soy un gato campero y se me tienen que curar las heridas solas, aunque tenga una oreja medio desprendida, un ojo cerrado por un arañazo propiciado por un ser infame y rastrero y la boca medio partida. Aquí estoy, puesto al sol del suave invierno del oeste extremeño-portugués. Viendo pasar el tiempo y a algún que otro humano con pinta de tonto que me apunta con un extraño objeto que ellos llaman cámara de fotos, ¡que mira tú, la manía que tiene estos de apuntarse unos a otros con ese extraño objeto! En fin que resultado de esto uno pasará a formar parte de su inventario particular de cosas y objetos de los humanos. En fin, que voy a seguir durmiendo un rato a ver si hago las famosas dieciséis horas que dicen que dormimos los gatos…

*Eulogio es un gato medio portugués medio español que vive a camino entre El Marco portugués y El Marco español. Ve pasar el tiempo desde su atalaya a lado del camino que conduce al puente sobre el regato “Abrilongo”.

El lobo y el hombre


Un día el zorro ponderaba al lobo la fuerza del hombre: no había animal que se le resistiera, y todos habían de valerse de la astucia para guardarse de él.

A esto respondió el lobo:

-Como tenga ocasión de encontrarme con el hombre, ¡vaya si arremeteré contra él!.

-Puedo ayudarte a encontrarlo-dijo el zorro-; ven mañana de madrugada y te mostraré uno.

Presentose el lobo temprano, y el zorro lo condujo al camino que todos los días seguía el cazador. Primeramente pasó un soldado licenciado, ya muy viejo.

-¿Es eso un hombre?-preguntó el lobo.

-No- respondió el zorro-, lo ha sido.

Acercose después un muchacho, que iba a la escuela.

-¿Es eso un hombre?

-No, lo será un día.

Finalmente, llegó el cazador, la escopeta de dos cañones al hombro y el cuchillo de monte al cinto.

Dijo el zorro al lobo:

-¿Ves? ¡Eso es un hombre! Tú atácalo si quieres, pero, lo que es yo, voy a ocultarme en la madriguera.

Cargó el lobo contra el hombre.

El cazador al verlo dijo:

-¡Lástima que no lleve la escopeta cargada con balas!

Apuntándole, le disparó una perdigonada en la cara. El lobo arrugó intensamente el hocico, pero, sin asustarse, siguió derecho al adversario, el cual le disparó la segunda carga. Reprimiendo su dolor, el animal se arrojó contra el hombre, y entonces este, desenvainando su reluciente cuchillo de monte, le asestó tres o cuatro cuchilladas, tales que el lobo salió a escape, sangrando y aullando, y fue a encontrar al zorro.

-Bien, hermano lobo-le dijo este-, ¿que tal ha ido con el hombre?

-¡Ay!-respondió el lobo-, ¡Yo no imaginaba así la fuerza del hombre! Primero cogió un palo que llevaba al hombro, sopló en él y me echó algo en la cara que me produjo terrible escozor; luego volvió a soplar en el mismo bastón, y me pareció recibir en el hocico una descarga de rayos y granizos; y cuando ya estaba junto a él, se sacó del cuerpo una brillante costilla, y me produjo con ella tantas heridas, que por poco me quedo muerto sobre el terreno.

-¡Ya estás viendo lo arrogante y mentecato que eres!- dijo el zorro. Echas el hacha tan lejos, que luego no puedes ir a buscarla.

(hermanos Grimm)